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Vencer o vivir

Julio 14, 2021 - 11:50 p. m. 2021-07-14 Por: Medardo Arias Satizábal

Cuando Fidel Castro irrumpe en La Habana en 1959 en compañía de sus barbudos, América Latina vivió una primavera de esperanza, un sueño de libertad que rápidamente se propagó por el mundo como una alternativa ante la corrupción, el abuso y la explotación.

Fidel solo contaba 33 años y venía de hacer escuela revolucionaria al lado de Eduardo Chibás, un líder estudiantil que había puesto en jaque al gobierno desde la universidad de La Habana; habían fraguado múltiples asonadas, alguna de ellas de estilo gangsteril, algo que gustaba al hijo del terrateniente oriental, campesino de origen gallego que hizo su feudo en Birán, al extremo de la isla, donde Fidel adolescente jugaba a dejarse arrasar por los trenes, cuando se tendía en las paralelas del ferrocarril para diversión de amigos y hermanos.

Al joven guajiro lo deslumbró La Habana con su capitolio y sus columnas, su paseo del Prado y su barrio de El Vedado con sus altas palmeras, sus casonas mecidas por el viento del mar en las noches. Era no obstante un cubano atípico; no bailaba, al parecer tenía oído de artillero, y desechaba la juerga. No obstante, sí, le interesaban las féminas. De toda la audacia que requirió hacerse líder, Fidel tuvo dos momentos en la vida: el asalto al Cuartel Moncada, por el cual Fulgencio Batista le conmutó la pena, algo que el hijo del otro día mandatario lamenta hoy, y la llegada a Cuba, desde México, en el vapor Gramma, con unos compinches revolucionarios, desnutridos y con pocos pertrechos.

Ya en el poder, decide visitar Estados Unidos y va en traje de fatiga a la Casa Blanca, a una cita con Dwight Eisenhower. El presidente estadounidense no puede recibirlo; está ocupado en una partida de golf. Entonces, Fidel no hablaba de socialismo. Era solo una especie de salvador, de mesías caribeño que venía a poner orden en una isla entonces reconocida como “el cabaret de los gringos”.

Su llegada a Nuevas York tiene visos de leyenda. Herido por el ‘desprecio’ de Eisenhower, decide alojarse en el barrio negro de Harlem, en el hotel Theresa, hasta donde llegan líderes de las minorías a presentarle respetos. Desde ahí, Fidel monta un tinglado y dice todo lo que desea acerca de Cuba.

Ensoberbecido por la gloria y el apoyo casi total de un pueblo, excepto del burgo y la clase media que emigró a Miami, se convierte en un santón para quienes ven en él a un conductor predestinado. Algunas de sus acciones de gobierno lindaron con la locura; ordenó una “zafra histórica”, un cultivo y cosecha de caña sin antecedentes, sin tener en cuenta quien compraría tanta azúcar. De la misma manera, en la región de Jagüey Grande, sembró naranjas en una extensión comparable a la de Palmira, Cerrito y Guacarí. Los cítricos se pudrieron y fueron lanzados al mar.
Una vez, despertó con lo que parecía una revelación: criaría en Cuba una súper vaca capaz de alimentar con suficiencia a los niños del mundo. La vaca produciría 109,5 litros de leche diarios, y la llamó Ubre Blanca.

Ahora que escribo todo esto, evoco, las recientes imágenes de una muchedumbre famélica que se enfrenta a guardias muy bien nutridos armados con garrotes en las calles de la isla. Es lo que ha quedado del gran sueño revolucionario; hambre, destrucción -solo en La Habana colapsan más de 20 casas cada vez que llueve, por falta de mantenimiento- carencia de medicinas, y un sistema educativo obsoleto de niños que repiten todos los días “seremos como el Ché”.

El comunismo como tal desapareció con la vieja Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín y la entrada de China, en firme, al mundo capitalista. Cuba se quedó sola, vieja, con sus Chevrolets del 45, repitiendo la cartilla de Lenin, los postulados de Marx y dando soporte y refugio a las guerrillas colombianas.

Con el fin del sueño, de una utopía revolucionaria que se traduce hoy en ruina y olvido -a Estados Unidos no le interesa esta guerra- Cuba vuelve a cerrarse para que el mundo no vea cómo unos esbirros sobrealimentados apalean a un pueblo que solo quiere vivir después de 62 años de inequidad.
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