Toledo al paso

Septiembre 16, 2020 - 11:50 p. m. 2020-09-16 Por: Medardo Arias Satizábal

Tapices, tejidos, frescos y esculturas hacen parte de la primera riqueza de Toledo, ciudad donde los árabes provenientes de Damasco enseñaron a bordar con hilos de oro y plata en superficies de acero.

Esa técnica, conocida damasquinado, es hoy uno de los principales atractivos en las intrincadas calles toledanas. Aquí los orfebres, como en la Colombia de Mompox y Barbacoas, se precian de ser los más reconocidos de la península.

Toledo fue siempre la armería de España, y esa jerarquía guerrera y militar puede apreciarse al otro lado del río, donde se formó un hijo de El Ferrol, don Francisco Franco Bahamonde, quien sería destacado luego como capitán en África. Toledo guarda el registro de todas las batallas libradas por el imperio español allende el mar. No obstante, en este lugar de Toledo se guarda también el recuerdo de una derrota inolvidable: la Batalla de Boyacá.

Quien desee volver a galopar como el Cid, cuyo fantasma parece campear aun por los yermos de Castilla, puede encontrar el indumento en cualquiera de las tiendas en las que los orfebres trabajan de cara al visitante; armadura, coraza, yermo y adarga, además de espadas preciosamente talladas.

Desde la Edad Media, los artesanos toledanos ganaron fama por sus fraguas. El temple logrado en la confección de armas blancas, se hizo leyenda. Además de las espadas, continúan fraguando cimitarras, como las que traían el sueño de la medialuna en sus puntas filosas, puñales, cuchillos, leznas, todo lo cortopunzante que da el acero, hasta conformar una panoplia que en Toledo es un blasón. Hasta aquí llegan los toreros recién graduados en busca de los trastos que los acompañarán toda la vida, junta a la devoción por la Virgen de la Macarena.

Más, esta preciosa villa en la que todavía tocan a las puertas con un ‘Ave María Purísima’, y reciben del otro lado del dintel la antigua voz ‘sin pecado concebida’, no solo exhibe una de las catedrales más bellas del mundo, con sus solideos púrpuras que parecen navegar debajo de los preciosos vitrales- son el recuerdo de obispos y cardenales-, sino que fue la casa de un pintor cretense cuya casa, hoy museo, es de obligada visita.
Domenicos Theotocopoulos, más conocido como El Greco dejó aquí una huella universal con sus figuras alargadas, sus numerosos San Francisco de Asís que parecen orar desde el pasado, con las huesudas manos y los ojos al cielo. No obstante, la obra cumbre de El Greco, ‘El entierro del Conde de Orgaz’, representado en su lecho de muerte, rodeado por toda la nobleza de aquel tiempo, representa el alma de su arte. Es difícil que otra composición de este género logre captar esa atmósfera de silencio, recogimiento y pesar que provoca la agonía.

Con Theotocopoulos compite la creación de José de Ribera, ‘La mujer barbuda’, en el Museo de Tavera, muy visitado también en Toledo. Lo que podría ser una atracción circense, en lo pictórico trae consigo una simbología atípica en la tradición artística española. Se trata de la representación de un ser andrógino, la maternidad de un hombre viejo e hirsuto. La figura, de luenga barba y ceño fruncido, da seno a un bebé que por lo demás parece lactar dulcemente.

Cerca del Castillo de San Servando, de origen árabe, cualquier parroquiano puede contar, entre churro y chocolate, la historia de los tres tomos donados a la catedral por el rey Luis de Francia en el Siglo XIII, libros decorados con más de cinco mil panes de oro, o la influencia que recibió El Greco de Tiziano y Tintoretto, las penurias de los años finales del pintor cretense cuando la Corte no pagaba a tiempo sus escuálidos denarios.

Toledo, judía y romana, árabe y cristiana al tiempo tiene un aura de seducción que invita a quedarse, como lo anotó en su bitácora de viaje el escritor Alejo Carpentier, el autor de ‘El reino de este mundo’.

(Por la España Mora)

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