Roberto Burgos

Roberto Burgos

Octubre 17, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Pienso en Roberto Burgos Cantor como en Germán Espinosa, pues eran de la misma estirpe de escritores comprometidos sólo con la palabra, gestores de una obra que ya pertenece al acervo literario colombiano.

De alguna manera, siendo un gran escritor, ocupó siempre un sitial periférico, el que muchas veces corresponde a los escritores de culto.
Falleció el martes pasado en la Clínica Marly de Bogotá. Un paro cardíaco se lo llevó cuando más feliz estaba. Acababa de recibir el Premio Nacional de Novela por su obra ‘Ver lo que veo’.

Con él me unió una amistad de amigos comunes. “Saludos te mandó Roberto”, me decían, y yo hacía lo propio. Nunca pude verlo ni en Cartagena ni en Bogotá. Relación parecida a la que tuve con el poeta Jorge García Usta, de quien conservo todos sus libros. Me los enviaba a Cali, a Estados Unidos, y nuestro intercambio epistolar estuvo siempre lleno de un sincero entusiasmo. Un día supe que se había ido cuando dirigía el Observatorio del Caribe; me invadió la tristeza. Uno de sus últimos libros hablaba de la saga árabe de su familia, y también de los juglares benditos del Caribe, a quienes había entrevistado en su propio patio, en compañía de Alberto Salcedo Ramos.

En un rincón del barrio del Albaicín en Granada, el caminante encuentra un verso de García Lorca grabado en mármol. Dice, más o menos, que no concebiría la ceguera en esa ciudad, la imposibilidad de ver y cantar su belleza.

Creo que Cartagena suscita un sentimiento parecido, como Toledo, esa ciudad donde quiso quedarse para siempre Alejo Carpentier cuando vio la piedra vieja de sus casas a lo lejos, y ese intrincado laberinto de barrios donde todavía se toca a las puertas con un “Ave María purísima”, para que te contesten al otro lado: “Sin pecado concebida…”.

Cartagena es inspiradora para el que llega y más para el que nació entre el verdín de sus antiguas piedras y balcones. Fue motivo de canto para Luis Carlos ‘El Tuerto’ López, quien la sintió con “ese cariño que uno le tiene a sus zapatos viejos”, y arrastró a Gabo a una vorágine de ficciones, quizá la mayor de ellas, ‘El amor en los tiempos del cólera’.

Cartagena está presente en ‘La tejedora de coronas’ de Germán Espinosa, en la obra de los poetas Jorge Artel, Raúl Gómez Jattin, Héctor Rojas Herazo, Rómulo Bustos, Pedro Blas Julio.

Burgos Cantor escribió un hermoso cuento: ‘La lechuza dijo el réquiem’, el cual preludió toda su poética; ‘El patio de los vientos perdidos’, ‘Ese silencio’, ‘El vuelo de la paloma’, ‘Pavana con el angel’, ‘El médico del emperador y su hermano’, ‘La ceiba de la memoria’ -monumental-; ‘Ver lo que veo’.

Fue merecedor del Premio Jorge Gaitán Durán, el de Narrativa José María Arguedas, y más recientemente el palmarés del Ministerio de Cultura.

Dicen que tenía 70 años, pero siempre fue joven, como Cortázar. Afirmaba que los escritores “no se gradúan nunca…”. Tenía esa obsesión que también persiguió a García Márquez: la del texto nunca acabado.  Sentía que no había hecho lo suficiente en sus libros, y esto lo llevaba siempre a un afán perfectible. Gabo, por su parte, nunca volvía a los libros ya publicados, porque, aseguraba, siempre estaba corrigiéndolos, pensando que una determinada trama hubiera podido ser diferente.

De su novela ‘Ver lo que veo’, anotó: “Resume las potencias de la vida. Es la historia de cómo unos seres son capaces de reconstruir un mundo que les quitaron y lo vuelven un acto de belleza; ahí está Cartagena con sus vientos, su botánica, su mar, sus cangrejos…”.

Nacido en 1948, recibió también el Premio Casa de las Américas y fue finalista del Rómulo Gallegos. Su novela ‘La ceiba de la memoria’, fue definida como “una bella y estremecedora historia sobre la esclavitud”.

Últimamente dirigía el pregrado en Creación Literaria de la Universidad Central, desde la que impulsó a nuevos narradores colombianos.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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