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Perdió la izquierda

Mayo 12, 2021 - 11:50 p. m. 2021-05-12 Por: Medardo Arias Satizábal

La izquierda colombiana acaba de perder nuevamente la oportunidad de gobernar en 2022 a través del voto, dada su reciente torpeza al mostrarle a los colombianos en vivo y en directo y, al menos por dos semanas, cómo es vivir en el socialismo del Siglo XXI, sin alimentos, sin gasolina y bajo el control y secuestro de una guardia indígena intolerable y con arrestos dictatoriales. “Usted pasa, usted no pasa, de aquí para allá bajo su responsabilidad”, mientras en las carreteras se sofocaba el oxígeno y en las clínicas morían más colombianos víctimas del covid.

Las ONG europeas siempre tan paternalistas al parecer no conocieron el video de la madre que dio a luz un hijo muerto en pleno bloqueo “patriótico”. La historia del bebé que no sobrevivió en Tocancipá, ya fue borrada, porque bien lo decía recientemente Rafael Nieto en La Noche, los organismos internacionales que velan por los Derechos Humanos suelen ser tuertos. Ven solamente por el ojo izquierdo.

Todas las naciones extranjeras que hoy se solazan en presentar a Colombia como un narcoestado donde asesinan a estudiantes y amas de casa inermes en la calle para mantener una plutocracia, tampoco vieron la irrupción salvaje a un banco del centro de Cali donde unas señora pedían a gritos clemencia, recordándoles que ahí había seres humanos; o la quema con papa bomba de policías en Pasto, o el asesinato a cuchillo del capitán de Policía en cercanías de Bogotá, o la más reciente irrupción de indígenas en una propiedad privada de Ciudad Jardín, donde se ve cómo lanzan piedras contra el dron que los filma, o cómo blanden machetes para dañar autos y amedrentar vigilantes.

Lo de Ciudad Jardín fue delicado porque algunos residentes debieron acudir a la defensa propia para proteger sus vidas y las de sus familias.
Fue tan grave que muchos colombianos alcanzaron a soslayar ahí el embrión de una guerra civil no declarada, ante la ausencia de Estado, autoridades locales o departamentales. La autodefensa no es el camino y su circunstancia se observa, desde la realidad de los hechos, como la desesperación de una sociedad desprotegida.

La toma de Cali no fue fruto del azar; en ella confluyeron los aceitados propósitos de una maquinaria con objetivo fijo: paralizar la sociedad, dar un golpe mortífero a la vida civil, mediante la quema de buses, estaciones de servicio, bancos, gasolineras, supermercados, comercio y taponamiento de vías para indignar a la población por la carencia.

No se crea pues que todo aquello fue fruto del azar, de “la olla a presión a punto de explotar desde hace muchos años”, sino que se trató de una rebelión orquestada con la anuencia, tolerancia y beneplácito de autoridades locales que aplaudieron el derribamiento de la estatua del fundador de Cali, bajo el sofisma de “construir narrativas que exigen la transversalidad del discurso social enfocado a reconocer la trietnia, el llamado de los taitas y de la madre tierra”, etcétera.

Es claro que los derechos del movimiento indígena no se resuelven en el barrio Ciudad Jardín de Cali, sino en los resguardos y cabildos de su jurisdicción.

De lo más grave en esas noches de insania, la posición de algunos opinadores sin editor que insisten en promover una supuesta lucha de clases en Cali, la ciudad quizá más incluyente de Colombia. Desde sus foros en Bogotá y el exterior presentan a Ciudad Jardín como un barrio de “traquetos”; desconocen, desde el resentimiento, que viven ahí profesores universitarios, pequeños industriales, comerciantes, gentes que han forjado sus fortunas con muchos años de trabajo.

Los miles de obreros y pequeños empleados que hacen fila por estos días para tanquear sus motos, saldrán con seguridad a votar ‘emberracados’ en las próximas elecciones contra los enemigos de la movilidad, de aquellos que han traído carestía al pueblo. Hoy el precio de productos de canasta básica como la papa y el plátano, está por las nubes.
Sigue en Twitter @cabomarzo

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