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Los cisnes

Noviembre 25, 2020 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

Antes que surgiera en el mundo la conciencia ecológica, el respeto por la vida de los animales salvajes, el dueto de Garzón y Collazos popularizó en todo el sur de América una canción de dos cisnes enamorados a los que un cazador pone fin con el estruendo de su escopeta.

Aquella melodía, escrita por el poeta venezolano Ramón Carrasco en 1935, está hecha a la medida de las canciones que contaban historias, pequeñas novelas de tres o cuatro minutos como ocurrió con el tango ‘Mis harapos’ en el que un plebeyo topa con su primo poderoso y bien querido: “Mis harapos con su smoking se rozaron al pasar…”.

Uno imagina que el caballero del ensueño que tiene pluma por espada viene del taller en un barrio de los arroyos porteños, luce ropa color caqui, debidamente engrasada por el trabajo arduo, y ve con cierto rencor a su pariente que, no se sabe por qué circunstancias de la vida ha descendido desde el Gran Buenos Aires hasta el arrabal. Como el tipo no lo saluda, hace una reflexión: “Mis harapos son más dignos que tu frac…”.

Verdaderos antecedentes melódicos de una canción ‘thriller’ como ‘Pedro Navaja’, donde el escucha no solo baila sino que sigue al malandro por las avenidas de Alphabet City, nota cómo su diente de oro deja destellos en las calles, trota con él, en puntas, con esos tenis de “por si hay problema salir volao”, y lo acompaña hasta el momento en que, pescador infortunado, en vez de una sardina engancha un tiburón cuando decide clavarle el puñal a Josefina Wilson la mujer que hasta entonces no encontraba clientes en las calles; Pedro cree que ha consumado su atraco, cuando ella lo levanta con un Smith & Wesson del especial y la historia final ya es de todos conocida. Pedro queda encima de la infortunada, muerto, mientras ella agoniza en una escena solo contemplada por un borracho que se echa el trueno al bolsillo, el puñal, dos pesos y se marcha, tarareando eso de “la vida te da sorpresas / sorpresas te da la vida, ¡ay Dios!”.

Pero bueno, se sabe que Pedro Navaja, matón de esquina, el que a hierro mata, a hierro termina. Como en una novela de Kafka, el borracho dobló por el callejón. Fin y epílogo de una historia bien contada a ritmo de salsa.

El suceso de los cisnes es poco conocido por las generaciones de hoy, pero bien puede ser escuchada en YouTube. El cisne era más blanco que un copo de nieve y en un limpio lago tenía su mansión; se enamoró de una cisne que de pronto apareció en medio de la manada. La acarició, y la invitó a escarceos más profundos en lo alto de árbol. Ahí pasaban sus días, dando ejemplos de amor, hasta que, como al tercer minuto de la canción, aparece el malhadado cazador y le troncha el cuello al cisne macho, el cual se estira, se encoge y cae en la orilla del lago. La cisne desciende del árbol llorando y lo cubre con sus alas, pero el que es canalla es canalla. El cazador furtivo que quizá ni siquiera buscaba alimento para su mesa -se colige en medio de la melodía que el tipo solo quería probar puntería, o sea, matar por matar- le dispara también a ella.
Sobra decir que el cuadro es tristísimo; dos cisnes enamorados, muertos, por culpa de la insania humana, y el tipo que camina satisfecho por el bosque umbrío, orgulloso de su hazaña. Afortunadamente el poeta compositor estaba por ahí, pilló la acción y lo dejó plasmado para la posteridad con la tácita moraleja que es también amonestación: no se dispara a la fauna salvaje.

Después del funeral de los cisnes los cazadores han arrasado a los rinocerontes, elefantes, tigres de bengala, leones, además de encerrarlos en circos y zoológicos para ‘divertimiento’ humano.

Al hacer el balance de la conciencia ecológica en el mundo es menester reconocer la contribución de Ramón Carrasco y Garzón y Collazos: “Mujeres y hombres que escuchen la historia, amen cual los cisnes con ciega pasión/ serán sus hogares, un templo sagrado, donde se comulgue con hostias de amor…”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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