Érase una vez

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Érase una vez

Enero 15, 2020 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

Las literaturas del mundo viven hoy, como el aire y el agua del planeta, una de sus peores crisis. Con este quiebre histórico ha sido lesionados seriamente otros géneros como el cine y la música.

Diariamente las editoriales del mundo ponen en la vitrina mediática e informática miles de títulos que al día siguiente dejan de existir. La calidad literaria vive debajo de las piedras, en remotos lugares, ignota, y desde hace más de 50 años no se produce un movimiento en las letras como lo fue el ‘boom’, auspiciado y alimentado por el editor español Carlos Barral.

Como profesor en el Colegio de España de Salamanca, pude exponer delante de una comunidad internacional de estudiantes, las razones por las que el mundo literario es también una marea que va y viene en la historia.

Escritores valiosos, algunos nacionales, se cansaron de promover congresos por el mundo para visibilizar sus propias obras, habida cuenta que se sintieron damnificados del cocodrilo mayor, de Gabriel García Márquez, al que llegaron a denostar. Gabo puso sobre ellos una sombra que se extiende con el sol, hasta nuestros días. Un escritor boliviano se gana la vida con críticas epistemológicas al Nobel colombiano, en las universidades de Estados Unidos y Europa. Para ello se inventó la expresión Mc’Ondo, como si el autor de Cien Años de Soledad fuera el propietario de una fábrica de salchichas hechas todas con la misma fórmula.

La poesía es uno de los géneros más esquivos del arte. Se tiene o no se tiene. El autor que logra descubrir una poética puede escribir poco, o bien poco, como Rulfo, y pasar a la posteridad. Otros repiten y reciclan discursos de grandes autores para dar algún nuevo aire a sus obras, pero el hallazgo poético es escaso. Siempre sostengo que Gabo era fundamentalmente un poeta.

Con respecto a la fugacidad en el brillo de las letras y su contingencia histórica, José Donoso, como protagonista del ‘boom’, escribió un lúcido texto, en el que ofició como arúspice: “Algunos pronto comenzarán a rebelarse contra sus padres literarios; a restar méritos, a discutir pertinencia y calidad, erosionando así algunas de las famas que antes nos parecieron sólidas. Cuando suceda, esta literatura hoy cenital, pasará de moda. No es imposible que después de esta etapa ‘clásica’ del boom sobrevenga el olvido…”

Y agregaba: “En un momento, por suerte ya lejano, estuvo de moda acusar al boom de ser una mafia excluyente, inaccesible, secreta. Por cierto que nada de eso era verdad. En uno de los miles de congresos de escritores latinoamericanos efectuado en Colombia a mediados del setenta, Ángel Rama dictaminó que el verdadero boom tenía sólo cuatro sillas fijas: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, y una silla más, movible, ocupada alternativamente por Ernesto Sábato y por el que esto escribe. Pero el tiempo ha pasado y “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”. La génesis de una obra de arte es misteriosa. Sus raíces se nutren inevitablemente en territorios más oscuros y profundos de lo que los creadores mismos saben: la vida diaria, las relaciones familiares, el entorno social de un momento, una comida en un restaurante, un paseo en auto, sin que el escritor lo sepa, pueden ser mucho más determinantes que posiciones políticas, ideologías y apariciones públicas.

El circuito Barcelona-París-Nueva York, hace rato dejó de ser el nicho de las famas literarias, y el texto hecho cuento, poesía o novela, florece en las calles de Tombuctú, en las playas de Padang, Odessa o Mahajanga.

Donoso: “Desde la perspectiva de hoy la escueta lista de Ángel Rama se salta a escritores que ya entonces debían haber estado en ella, como Cabrera Infante, Rosa Bastos, Manuel Puig, Mario Benedetti, Severo Sarduy, cuyas estaturas han ido creciente tanto como la de Augusto Monterroso”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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