El Rey del Despecho

Julio 27, 2022 - 11:50 p. m. 2022-07-27 Por: Medardo Arias Satizábal

Todavía Colombia no asimila la muerte de Darío Gómez, a quien en vida se le llamó ‘El Rey del Despecho’, título cuyo origen muchos desconocen.

En ese papel de editor de ciudad que he tenido desde hace muchos años, escribí a finales de 1981 ‘La verdadera historia de la salsa, en el diario Occidente de Cali. En el capítulo número ocho -la historia se publicó por entregas y llegó hasta la edición doce-, me ocupé del bolero antillano y nombré a Orlando Contreras como ‘Rey del Despecho’, el 13 de noviembre de 1981.

Al fotógrafo y reportero del diario, Luis López Criollo, hoy residente en Londres, le causó hilaridad lo del ‘rey del despecho’ y empleó este nombre como título de un libro que dedicó a Darío Gómez. El autor de ‘Nadie es eterno en el mundo’ debutó como solista en 1985 con la canción ‘Dícelo’ y grabó posteriormente el larga duración ‘Así se le canta al despecho’. Luis fue durante un tiempo su jefe de prensa y el libro se vendió como arroz por todos los pueblos de Colombia, al punto que fue pirateado.

Como autor de este título y cronista del desdén, del desencanto del amor, fui invitado a Pereira al Primer Encuentro Nacional del Despecho, una convocatoria muy original a la que acudí en compañía del poeta Laureano Alba. En este foro al que asistieron poetas, compositores, periodistas, trovadores, guitarristas y boleristas, tuvimos la fortuna de compartir con el escultor Rodrigo Arenas Betancur. Nos confesó que ninguna ‘tusa’ lo había llevado hasta ahí, y solo lo consolaba beber, beber y beber, situación por la que tenía que ser sacado de los encuentros en física angarilla ante la imposibilidad de sostenerse en pie.

Otra palabra que aporté a la historia de la ciudad fue ‘salsoteca’ desde mi columna ‘Mi Tumbao’, la primera de este género en el diario El Pueblo. Circuló inicialmente con el seudónimo de Olafo, y posteriormente con la autoría de ‘Pedro Navaja’.

Para continuar en este develar del origen de algunos tópicos que permiten hoy un perfil de ciudad, debo recordar el momento en que plantamos semilla para la creación del Festival Petronio Álvarez, en compañía de Germán Patiño Ossa. Convocamos a Hugo Candelario y otros músicos locales dentro del proyecto que denominé ‘Cununo 2000’, con el auspicio del gobernador de entonces, Germán Villegas Villegas. El debut fue en el Teatro Municipal. La idea era amplificar los ritmos del litoral Pacífico, permitir, por qué no, fusiones con otras músicas del mundo. Queríamos que el bambuco viejo, el abosao, la jota chocoana, el alabao, encontraran también camino con el jazz, los blues, el bossa nova. Para entonces se prensó un sencillo donde llamé a la marimba ‘El piano de la selva’, nombre que prendió rápidamente en los sucesivos Petronios, no obstante respetables opiniones, como la del maestro del laúd Héctor González Cabrera que considera cada instrumento tiene su carácter en sí mismo y no es posible equipararlo con otro.

Cuando veo las gatas del río y el gato de Tejadita, hoy emblema de Cali, puedo recordar el momento en que nació esta pléyade gatuna.
Asistíamos a una exposición en La Tertulia, Germán Patiño, Tejadita y Alejandro Valencia, sobrino del maestro. En medio de los vinos, hablé de la exposición de Botero que acababa de ver en el Paseo de La Castellana en Madrid. Le expresé a Tejadita que por qué no hacía un gato enorme para situarlo en la ribera del río. Tímido como era, dijo que esa era una empresa difícil. “Si los hace pequeños, puede hacer uno grande”, anoté. Y Germán, a la postre Secretario de Cultura, lo instó a la tarea: “Si le parece maestro, tengo todo el apoyo para ese proyecto”. Tejadita acotó: “Hay que hacerlo con la técnica de la cera perdida…”. Y Alejandro, escultor también, culminó: “Eso no es difícil, si querés yo te ayudo”.

Me sentí muy feliz cuando supe que un gato enorme, con sus bigotes entorchados, venía de Bogotá -donde fue diseñado- en un camión descubierto y apuntalado con cuerdas de acero.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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