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El noble libertino

Septiembre 23, 2020 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

“Si nos vamos a matar, matémonos a besos, y no usemos otro tipo de armas…”, le dice Giacomo Casanova a una de sus amantes en sus memorias tituladas ‘Historia de mi vida’.

Casanova está de moda otra vez en el concepto de quienes consideran fue un buen poeta, opacado no obstante por los frecuentes escándalos de su vida licenciosa. La imagen del ‘aventurero italiano’ que inventaba loterías en París, “esa ciudad donde reina la simulación”, el mismo que se paseaba por los salones de Europa con una peluca empolvada y joyas de noble orfebrería, amante furtivo de marquesas, condesas, monjas, fugitivo por los techos de Venecia y cautivo en la Cárcel de Los Plomos, se aficionó a las ciencias ocultas; fungía como arúspice, experto en quiromancia, cartomancia y el Tarot de los Bohemios.

La Cárcel de Los Plomos fue considerada inexpugnable en sus tiempos, solo que Casanova, con un diminuto pedazo de hierro, abrió un hueco y salió a los canales, en una de las fugas más publicitadas de la historia.
Toda Europa tuvo que ver con este suceso hoy llevado al cine.

Una de las primeras referencias serias a la literatura de Casanova, la escribió Stephan Zweig. Su libro de memorias es también un delicioso catálogo de viajes; de los españoles dijo que vivirían en el paraíso terrenal si trabajaran; “pero son perezosos”, acotó.

Casanova prefirió escribir en francés, pues consideraba que el italiano no era lengua conocida en el mundo. Al fondo, era un sibarita, alguien que gastaba todo lo que tenía en una cena, en la atención para alguna noble en la que había fijado su poder seductor. Contrataba coches, bedeles, servidumbre, pasteleros en Milán, todo para agradar a su doncella; en una cena, podía llegar a degustar hasta 50 ostras, generosamente regadas con veinte botellas del mejor champán.

Terminó su vida como bibliotecario de un palacio venido a menos; ya viejo y en el olvido, quiso relustrar sus imaginarios blasones, pero ya nadie se acordaba de él. Guardaba celosamente la ropa que lo había hecho célebre, casi toda hecha sobre medidas por prestigiosos sastres italianos, con telas de Lyon y linos de Irlanda.

Había nacido como Giacomo Girolamo Casanova, un 2 de abril de 1725, en la que entonces era la República de Venecia. Algunos historiadores aseguran que fue también agente secreto al servicio de esa ciudad de mercaderes.

Por sobre todo, al leer el libro, uno se entera que fue un caballero galante; en sus memorias, escribe con franqueza, aunque no de manera descarnada o vulgar, acerca de cada una de sus 132 conquistas. ‘Histoire de ma vie’, se lee hoy como un catálogo de costumbres del Siglo XVIII, en lo referente a la aristocracia y la burguesía, específicamente, en cuyas fiestas fue célebre. Casanova conoció personalmente a Juan Jacobo Rousseau, al feo y cínico Voltaire, a Madame Pompadour, sacerdotisa de ágapes y saraos históricos, reina de la intriga y el celestinaje, al talentosísimo Mozart y a su enemigo, el adolorido Salieri, como también a Catalina II de Rusia.

Hijo de comediantes, a temprana edad tradujo un pentámetro latino y con la tutoría de un abad estudió medicina, filosofía, ciencias, Derecho Canónico.

Empezó su vida como fraile, a los 21 años, al servicio del Cardenal Acquaviva; dentro de la orden, destacado en Corfú y Constantinopla, inicia su vida de escarceos amorosos. Casanova fue masón y le interesó la Cábala. Obsesionado por la vida cortesana, inventó para sí un título de nobleza. Se hacía llamar ‘Chevalier du Seingalt’. Condecorado por el Papa Clemente XIII, embelesó a Federico II El Grande de Prusia, quien le ofreció la comandancia de su regimiento de cadetes.

En 1771 escribió el libro ‘Lana Caprina’, por el que las feministas de hoy lo hubieran odiado. En este volumen, teorizó duro y sin ambages: “El razonamiento femenino, está condicionado siempre por el útero…”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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