Constructor feliz

Constructor feliz

Mayo 08, 2019 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizábal

A diferencia de otros cristianos que pintan la casa y remodelan en diciembre, a mí me da la ventolera constructora a mediados de año, cuando nadie pinta ni derriba paredes.

Es así que llamé a mi todero de confianza -‘handyman’ lo llaman en Estados Unidos- y decidí meterle mano, por fin, a esos asuntos que torturan todo el año por el comedor, la cocina, las habitaciones, los techos; están ahí como algo pendiente, algo que nunca termina.

Feliz, con mi lista en mano, partí raudo a la gran ferretería de la ciudad, llamémosla ‘Happy House’, no sin antes elegir una pinta de constructor; camisa de mezclilla ya deteriorada por las lluvias, jean de estibador de Brooklyn, con el respectivo doblez en el ruedo, botas Timberland con punta de acero, ya deterioradas por los inviernos.

Creo no fue buena idea llegar así, pues pasé desapercibido entre otros obreros que cargaban camiones en el patio de construcción.

Releí la lista y aquello me pareció otro idioma, otro género literario que espero algún día dominar con solvencia: broca de inyección hexagonal, alicate pelacables y alzapaños de hierro, tornillos de cabeza Allen, racores, cazuelas, brazo danés, bisagras tipo librillo…. Lo de librillo lo entendí un poco, pero me quedé en las nubes con la extremidad superior del danés.

Angustiado, busqué en los alrededores ayuda, soporte, luz en la poterna. Al fin apareció un chico de mediana edad con casco amarrillo y el nombre en el pecho; “Gutiérrez", le dije, para inspirar confianza," ¿usted puede asesorarme con esta lista?”

“No lo puedo ayudar, desafortunadamente”, respondió en tono doctoral. “Busque al fondo a los que tienen chaleco negro. Ellos son los indicados…”. Caminé aproximadamente 1 kilómetro, y al fin vi a uno de 'los indicados'.

Lo saludé cortésmente, y procedí a leerle la lista. Empecé con seis omegas, cuatro principales para panel yeso, chazos y anclajes. Me miró como a un extraterrestre. “Esta no es la sección, y además debe esperar porque los principales se agotaron y hay que esperar un montacarga para que los bajé de ahí…”. Señaló hacia el cielo y detuve la mirada arriba; descendí en cámara lenta hasta la fila de gente con gesto hosco, los mismos que igual que yo, esperaban a alguien que les desentrañara el misterio del canuto lijador, los tornillos de pala y los de cabeza fresada, el Hombre Solo y las barras de armario.

No pude dejar de recordar la gran ferretería de Connecticut donde viví por 13 años. Ahí en ‘Home Depot’, sólo al llegar, un ejército de jóvenes venía a tu encuentro para hablarte en cualquier lengua conocida y ayudarte, rápidamente, en lo que fuere menester.

Al fin, de la penumbra de ‘Happy House’ apareció alguien, cuando ya, a trancas y barrancas, puede encontrar algunas cosas. “¿Carné de constructor?”, me preguntó el de la caja, y le respondí: “Población civil”, no obstante mi indumento.

Salí a buscar quién pudiera ayudarme a amarrar los materiales largos en la camioneta, pero un chaleco negro me expresó: “No hay zuncho; se nos acabó ayer…”. Volví entonces para llevar todo a hombro hasta el vehículo, pero parte de lo que ya había comprado lo habían remitido, en cinco minutos, a una sección que identifiqué como ‘avería’, pues era “algo que alguien había dejado al pie de la caja y no se sabía de quién era…”. Busqué en el patio de construcción, y encontré a otro civil alistando lo que yo había pagado, para subirlo a su camión.

Me pidió excusas y manifestó que le habían dicho que escogiera de ahí, pues todavía no llegaba el montacargas.

Salí pitando de la ira y llegué a casa manejando con la mano izquierda, pues con la derecha debí sostener las barras metálicas, sueltas, asomadas en la bodega y con riesgo de romper el tablero junto a la cabrilla.

Mientras acomodaba todo en el garaje entendí por qué somos un país del tercer mundo y cuánto nos costará ponernos a tono con la civilización.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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