Castillo en la noche

Septiembre 01, 2021 - 11:50 p. m. 2021-09-01 Por: Medardo Arias Satizábal

No había fiesta patronal sin castillo y el que lo hacía era tratado en el pueblo como un maestro, pues no era cualquier polvorero de buscaniguas y triquitratres, sino una especie de poeta que arribaba en un camioncito con una torre de guadua que haría suspirar a todos.

Llegaba precedido de alguna fama y el primero en salir a saludarlo era el sacerdote, además del alcalde y la fraternidad del Sagrado Corazón. La torre de guadua era instalada frente al templo y exhalaba ese perfume de bosque recién llovido. Vista a la luz del día no anunciaba muchas alegrías; era solo eso, madera ligera entre amarilla y verdosa, surcada por ringletes y palos en cruz, además de pequeñas bolsitas de colores donde venía la pólvora mágica.

Para evitar la muchedumbre que se abarrotaba ahí en las noches a la espera de la primera lumbre que ascendía como una luz de pequeños bombillos, apreciábamos el castillo desde la terraza de la casa donde, también, en noches despejadas, veíamos entrar navíos a la bahía de Buenaventura, por el costado que anunciaban las torres de la iglesia del Carmen en Pueblo Nuevo.

La casa tenía más de una gracia, y una de ellas era bañarnos debajo del aguacero con la seguridad de no ser vistos. Mi padre había comprado esta casa a un oficial retirado de la Armada, cartagenero, en cuya cabeza cayó mi yoyo Russell profesional cuando en medio de la negociación ensayé ‘La vuelta al mundo’. Recibí luego un regaño fenomenal, pues mis destrezas con el yoyo casi echan a perder la compra. Andando el tiempo nuestra casa quedó ensanduchada entre dos edificios y ya nunca más, hasta hoy, pude tener la gracia de ducharme debajo del aguacero, pues las vecinas amigas de mi hermana daban cuenta ya de un feliz voyerismo vespertino. Quien ha recibido este baño celestial en los pueblos del Pacífico, sabe de la felicidad infantil de correr por las calles a brinco de relámpagos.

La terraza para nosotros fue sinónimo de amoríos. El puerto era pequeño, no había muchas casas altas y los bomberos pedían permiso a mi padre para lanzarse desde ahí a una lona redonda que esperaba en la calle.

Mirar los castillos desde ahí, sin los apretujones de la fiesta patronal, era maravilla. Podíamos ver por igual el de Pueblo Nuevo y el de Nayita. A medida que el fuego dibujaba nombres, rostros de santos, símbolos, el rumor subía; una varita de guadua se demoraba e iniciaba un giro contrario a las manecillas del reloj, para dejar caer desde lo alto chispas de colores que a su vez empataban con otras. Si el ascenso de la pólvora se detenía, ello coincidía con los silencios, pausas para la apoteosis que esperaba arriba.

El polvorero jugaba con la oscuridad de la noche y tenía ahí su telón natural para lucirse; la ovación final llegaba cuando culebrillas de luz se acercaban a la cúspide. Ahí esperaba una imagen de San Buenaventura o de la Virgen del Carmen, la misma que era iluminada por sus cuatro costados por lamparillas colgantes.

Solo en el cine volví a ver esas creaciones de guadua y pólvora que quizá desaparecieron de Colombia. Eran, son, de rigor también en los pueblos y aldeas de Ecuador; famosas son las de San Cristóbal, y en México, acompañadas siempre por el ritmo de un corrido, ahí donde la pólvora existe desde el Siglo XVI y antes que iluminar castillos era usada para cargar mosquetes.

El invento de la pólvora, combinación pasional de carbón, sulfuro y nitrato de potasio, se atribuye a la secta china de los daoístas. Buscaban la inmortalidad y fomentaban la alquimia. Cuando Marco Polo regresó de la lejana Catay, traía tres buenas noticias para Occidente: la existencia de la seda, el estruendo que imitaba la tempestad y el descubrimiento de unos hilos de sémola que los italianos más tarde llamarían pasta.

Traigo a la memoria los castillos como un ejercicio justiciero con las tradiciones de un país que ya no existe o que cambió vertiginosamente en el tiempo. Al inicio de este septiembre, todavía alumbran desde el pasado.

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