Cantos marinos

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Cantos marinos

Junio 17, 2020 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

Muy sensible la noticia del fallecimiento del biólogo Roberto Pardo Ángel, quien por varios años guio las expediciones de avistamiento de ballenas en nuestro Pacífico. Así lo anunció Eduardo José Victoria en su columna del 29 de mayo en El País. Victoria impulsó este programa ecológico desde la presidencia de Hoteles Estelar, con el apoyo de la inolvidable gerente del Hotel Estación, Nubia Gaona.

Los cantos de sirenas han sido incorporados hoy a sesiones de terapias, contestadores telefónicos, arreglos sinfónicos. Su canto es esencialmente un juego de seducción. Las hembras tienen la vagina en la cola y entran en un grupo de machos para elegir al dador de caricias, al amante perfecto, según la tesitura de su canto. Un macho perteneciente a la especie Megaptera Nova Eainglea, o sea, ‘Ballena de Grandes Aletas de Nueva Inglaterra’, más conocida como Ballena Jorobada, en trance amatorio puede levantar agua del océano en un equivalente a 60 toneladas; puede alzarse hasta tres o cuatro metros sobre la superficie del mar ante el signo de aprobación de su hipotética pareja. Es el momento en que la hembra le navega de lado y le muestra las aletas pectorales.

Con el salto, vienen los cantos. El macho hace recircular el aire en sus pulmones y emite ese sonido bíblico, agudo, profundo, como tomado del Álbum Blanco de los Beatles. A plena marea, la vibración musical puede percibirse hasta 12 kilómetros de distancia. Diecisiete o veinte metros de piel lustrosa en pleno vuelo, producen en el mar un estruendo de espuma, una lluvia que es en sí misma el himno de la fertilidad.

En el Pacífico, a cincuenta metros de profundidad, con la cabeza hacia abajo, el canto adquiere tonalidades sinfónicas, ya registradas en tres octavas por músicos posmodernos como Roger Payne, uno de los primeros en llevar al pentagrama esta sinfonía abisal.

Ya es famoso el concierto brindado en la iglesia de Saint Joseph, Nueva York, donde la grabación genuina de un canto de ballena, unida a un órgano de aire, permitió compases ultramarinos al saxofonista Paul Winter. Una especie de jazz libre para respirar debajo del agua.

Para Hernán Arango, el ballenólogo entusiasta, la mejor música para acompañar sus tareas cotidianas está contenida en el disco ‘Whales alive’ de Paul Haley. Son ballenas en plena fiesta de amor, con la dirección orquestal de Roger Payne. Ahí, puede encontrarse la voz de Leonard Nimoy, protagonista de ‘Viaje a las estrellas’, quien lee apartes de ‘Moby Dick’, la obra de Herman Melville, al tiempo que recita poemas de D.H. Lawrence. Melodía inolvidable de esta selección es ‘Quick Queg’, dedicada al arponero de Papua Guinea que acompaña a Ismael en la búsqueda de la Ballena Blanca.

Heathcote Williams en ‘La Canción de las ballenas’, dice: “Desde el espacio el planeta es azul/ desde el espacio el planeta es el territorio de las ballenas. Mares azules cubren la superficie terrestre/ son el dominio del cerebro más grande que se haya creado/ con una sonrisa de 50 millones de años…”.

Nadie recuerda hoy que hasta la primera mitad del Siglo XIX las ballenas iluminaban ciudades con su aceite, ponían fábricas en movimiento, encendían lámparas y parques y eran utilizadas también para hacer resortes de máquinas de escribir, perfumes, lápices labiales, sombrillas y hasta dinamita.

Cuando Virginia Woolf pulsó las teclas de su máquina para escribir ‘Las Olas’, por ahí rondó también un canto de ballenas, la misma elación que persiguió a Gabito al momento de concebir el ‘Relato de un náufrago’.

Con el aceite de ballena despegó la Revolución Industrial y detonaron también las primeras guerras. Aparte de que su tocino -los japoneses dicen que es exquisito porque ofrece 30 centímetros de grosor, libre de triquinosis- alimentó a millones cuando su pesca no estuvo prohibida.

La humanidad usó vísceras y aletas de ballena para confeccionar cepillos, peinetas y hasta el almafuerte de los corsés en la época victoriana.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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