Adiós a Polo

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Adiós a Polo

Diciembre 11, 2019 - 11:50 p. m. Por: Medardo Arias Satizábal

“El 7 de agosto de 1956, a la una menos cinco de la madrugada, yo acababa de seleccionar la música, porque en la mañana de ese día iba a hacer mi Primera Comunión. En esa época eran discos de pasta en 78 revoluciones por minuto. Como cosa curiosa, dejé el primer disco que iba a colocar; era del gran cantante y bolerista cubano Alberto Beltrán: ‘Aquel 19’, con el sello verde de Seeco. Con la explosión no se rompió un solo disco. Yo tenía ocho años y me quedé con la vela y la cinta. Venían muchos familiares de Buenaventura; uno de ellos venía también desde Baltimore. Creo que desde entonces me volví ateo”, decía Juan Fernando Polo, el pintor que acaba de fallecer en Cali, maestro de varias generaciones.

Todavía recuerda el momento en que se presentó a la admisión de la Escuela de Bellas Artes de Cali, sin ninguna esperanza. Fue a enterarse de los resultados, y al ser llamado, primero entre 120, pensó que no había sido admitido y abandonó la institución. José Claros y otros dos compañeros, lo alcanzaron en el puente de la octava, para decirle que era todo lo contrario. Estaba aceptado. El director era Gustavo Rojas, y el secretario, Daniel Romero Lozano. “Tuve profesores de la talla de José María Espinoza y Bernardino Labrada”, recordaba.

En su casa taller de San Antonio, una luz perpendicular atraviesa el patio, mientras sus alumnas se afanan en el rostro de una mujer, en una flor, en la recreación de unos campesinos en una plaza de mercado. Polo va de un caballete a otro y da una instrucción precisa, tanto como su trazo ligero y milagroso, del que salen cuerpos en danza, hombres y mujeres trenzados en esferas, con un ritmo vivo, hechos pasión y fuego, como si recreara desde el Siglo XXI el Vitruvio de Da Vinci que viaja desde el Renacimiento.

Y es que el Maestro toscano estaba en su vida de artista desde el inicio, como Miguel Ángel Buonarroti, como Eugène Delacroix. Era un admirador del cuerpo humano y del deporte. Jugó bien al fútbol. A través de la observación lograba dar movimiento a la figura humana. “Dejarse asombrar es lo mejor que uno puede hacer; cuando uno tiene ese nivel, no importa si el resultado es bueno o es malo, porque ello equivale a ser sincero, a ser legal con uno mismo”.

Al fondo de la casa se eleva el humo del café y el día transcurre entre la luz que baila en las ventanas. Polo era además un cultor del ritmo afroantillano. Podía evocar casi cualquier bolero o guaracha de la Sonora Matancera, de Matamoros. En el son cubano estaba mucho de su esencia.

Aunque había nacido en Tumaco, de la misma tribu de Eladio Polo Arias -nos tratábamos como parientes- llegó muy niño a Cali y sentía suya esta ciudad que le permitió ser un artista de altísima factura; el Instituto Popular de Cultura contó con sus enseñanzas, al igual que Bellas Artes.

Pensaba que los inicios son los más difíciles: “Cuando uno se gradúa en artes, empieza a darse cuenta que cometió el peor error de su vida. ¡Qué dificultad para encontrarse a sí mismo!; con qué clase de fantasma fue que me casé, pensaba. A partir de mi grado, con ese diploma, no sabía cómo dormir. No entendía la dimensión, la escritura de la palabra ‘arte’. Comencé balbuceando; lo primero que se me ocurrió pintar fue algo que titulé ‘Dioses que devoran a los hombres…’ y ‘Homúnculos’, temas que hicieron parte de mi primera exposición, la que naufragó en medio de un terrible aguacero. Pensé que moría. Eso me dio estatura. Me negué rotundamente a morir ese día. Pero hice como el ave fénix, o como dijo el poeta, regresé vivo a mi propio funeral. Resucité, enmarcado no de odio, sino de retos, de unas nuevas pesadillas. Un artista sin pesadillas, no es artista, un hombre sin histeria no es artista. Ahí empieza el arte. Cada histeria es una producción”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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