A dos velas

A dos velas

Junio 12, 2019 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizábal

El verano español viene siempre recargado con una música popular que empieza a trinar en las playas, en los chiringuitos, por los mercadillos, en la calle. Podría decirse que cada año trae una sorpresa mezcla de poesía, coros flamencos, revelaciones modernas desde el Cante Jondo.

Los mensajes duros o los más fuertes, vienen casi siempre de ‘Jeré’, o sea Jerez de la Frontera donde otro día los gitanos ponían sal en la puerta de sus enemigos y flechaban corazones en los árboles con ‘cuchillitos de luna lunera...’.

De ese lugar encantado es José Romero, quien junto a los hermanos Cuco y Manolo Hernández, conforman desde 1991 el grupo ‘A dos velas’.
Estarán en Cali el domingo 25 de agosto en la Sala Beethoven, y es un hecho que la ciudad debe celebrar, cuando se dice que grandes espectáculos no vienen ya a la capital del Valle. Este es un esfuerzo de Laura Guerrero y su empresa Culturel, la misma que presentó aquí, no hace mucho, a las bailaoras más reconocidas de España.

Una canción de ‘A dos velas’, ‘La gente que me gusta’, se oye por todo el continente. El Presidente de Uruguay la tomó como bandera de su campaña. Múltiples versiones se conocen hoy de esta composición; también a ritmo de marimba. La BMG Music Spain, incluyó este tema en su antología de ‘Gente Guapa’. Pero a ellos también se les conoce por ‘Rumba total’, ‘Somos tres’, ‘Cosas pequeñas’.

Me quedaba siempre en Madrid en el Hotel Opera, un lugar muy central en el que cada noche personajes de peluca y chaqueta larga van por las mesas deleitando la cena con arias clásicas. Ahí fui a parar después de un largo verano en Salamanca que me dejó, además de novia portuguesa, una gripa mortal. Me despedí de mi lusitana en la Calle San Justo; lloramos, cada uno en el regazo del otro, con una banda sonora de fado, el canto de Amália da Piedade Rebordão, más conocida como Amália Rodrigues, cuya voz había conocido hacía dos semanas en el muelle de Lisboa que se abre al Tajo con sus cafecitos nocturnos.

Ya instalado en Madrid a la espera de mi vuelo a Nueva York, me llamó el bedel para decirme que una joven con acento portugués me buscaba en la recepción. No podía creer que ella había hecho el tránsito desde Salamanca para despedirse por segunda vez.

Le expresé que perdonara mi falta de entusiasmo, mientras al fondo sonaba ‘Somos tres’. La verdad, solo quería tomar mi avión y dormir como un lirón hasta el JFK. Casi que la convencí de regresar, pues, decididamente, no estaba para asuntos amatorios.

Se quedó, y claro, fue un desastre, porque tosí toda la noche como un tísico. A falta del buen amor, me apliqué con ahínco en la historia y las raíces de la música española; fui hasta el desierto, a los confines de Arabia, y traje de ahí las voces que son lamento en el cante y la saeta. Me detuve en las calles de Triana y Santacruz, en la noche de Sevilla, en la procesión del Señor de la Alborada y del incienso balsámico que emana del monasterio de La Rábida en la provincia andaluza de Huelva. Me paré como pude en la cama -pensó que me iba a tirar del armario- solo para convencerla que conocía bien los tiempos, los cortes rítmicos de la sevillana, hablé de Machaquito, el Tercer Califa del Toreo, de Espartero, Frascuelo y Lagartijo, dándole un tono de Cúchares a mi descocida disertación, e hice precisiones acerca de la personalidad del Pescaílla, del Camarón de la Isla, de Tomatito y, más recientemente, de El Cigala.

Estaba a punto de hablar sobre ‘A dos velas’, de La Faraona y su legado y de las Cuevas de Sacromonte, cuando la portuguesa, ya harta de desamor y de tanta cháchara, me espetó con algo que no he podido olvidar: “Te quiero decir que tú no tienes ni puta idea de lo que es el flamenco…”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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