Viejos, ¡ustedes!

Viejos, ¡ustedes!

Agosto 05, 2019 - 11:55 p.m. Por: Mario Fernando Prado

Entre los múltiples insultos que me han proferido, a los que me he hecho acreedor incluso merecidamente y en los que mi santa madre, mi parto, mis testículos, mi condición de varón probado, escribano, pianista y hombre de hogar han recibido los más crueles e injustos maltratos, hubo uno que me sacó de casillas.

Estaba apeándome del pichirilo para recoger unos pantalones a los que debí hacerles soltar la cintura, pues ya parecía banderillero de pueblo, cuando desde una camioneta Audi emergió una voz femenina que me gritó con todas las fuerzas de sus pulmones “hacete a un lado viejo cacreco hp”.

Como pude le contesté que su última palabra se la perdonaba, pero que las dos primeras no se las iba a tolerar; ante lo cual la dama en cuestión me echó encima tan brioso corcel y por poco me apachurra como a una vil cucaracha.

Quienes presenciaron este lamentable insuceso acudieron a socorrerme. Como fuera del susto nada pasó, me erguí gallardamente y agradecí el detallazo de parte de tan espontáneos auxiliadores.

Me encaminé entonces a mi mediagua y quise matar el incidente con un whiskey bien acuerpado, pero fue inútil. ¿Viejo cacreco yo? Me preguntaba una y otra vez hasta que el cansancio del día me llevó a un profundo sueño. En él, me venía joven y prometedor rodeado de banalidades.

Lucía un cuerpo esbelto, muy varonil por cierto, pelo negro azabache y una barbilla de dos días y medio. Unas ninfas me abanicaban provocadoramente mientras yo escogía el color de mi nuevo Ferrari.

Fue entonces cuando desperté apenas pasadas las tres de la madrugada y procedí a alistarme para llegar a mi trabajo despuecito de las cuatro, pues tenía una agenda llena de compromisos a pesar de mis 69 recién cumplidos. Recordé entonces a esa gran cantidad de personas que se pensionan y se les acaba la vida. Que no hacen nada por los demás y menos por ellos mismos.

Que le hacen siesta al desayuno y se amodorran el día entero esperando que la noche los tire en una cama para al otro día reiniciar ese infame círculo vicioso de solamente esperar la muerte y nada más.

Nos están metiendo la idea de que después de los sesenta no somos más que un estorbo y que debemos ceder nuestros puestos a las nuevas generaciones dando un paso al costado para que nos releve la sangre joven. Y muchos se creen el cuento y se aíslan y se retiran y si mucho se inscriben en los clubes de los pájaros caídos que pululan en los centros comerciales.

En otros países con mentalidades menos excluyentes valoran a los que aquí se desprecian y se les contratan para cargos que exigen experiencia, conocimiento y honestidad a toda prueba. ¿O es que creen que esos metepatistas de nuevo cuño son unos sabios y verracos que se las saben todas?

Quiero volverme a topar con la de la Audi que, según me enteré, tiene un maridito embilletado al que deja durmiendo y viendo televisión mientras ella revolotea calle abajo para decirle que el viejo cacreco es el que tiene en su casa y la del tercer insulto es indudablemente ella.

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