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Septiembre 02, 2019 - 11:55 p. m. Por: Mario Fernando Prado

Los incendios que se vienen presentando aprovechando este verano feroz tienen nombre propio: invasores profesionales. Ellos se encargan de envalentonar a los propietarios de unos predios rurales que no saben qué hacer con ellos o a un grupo de personas a las que les ofrecen un lote por una suma irrisoria de dinero y, manos a la obra -diré- a la candela.

Si el lote está pelado, es decir sin vegetación alguna, planean el incendio y gracias a sus conocimientos en materia de orientación de los vientos, le meten candela -cosa que no es difícil porque con un periódico viejo inician la llamarada- y se sientan a esperar que el efecto de las llamas haga de las suyas.

A veces no son tan de buenas porque el vecindario llama a los abnegados y verracos bomberos, que a la hora que sea se presentan a combatir la conflagración en una lucha desigual del hombre contra la naturaleza.

Son innumerables los incendios que logran sofocar gracias a su pericia pero ya el daño está hecho y la tierra ‘queda abonada’, lista para que en un santiamén los ‘promitentes compradores’ levanten sus cambuches, izando el tricolor nacional en manos de inocentes niños que utilizan para despertar solidaridad y evitar que la Fuerza Pública los desaloje.

Según rezan nuestras sabias leyes, si la autoridad no se presenta en las siguientes 48 o 72 horas subsiguientes a la colocación de la ‘primera piedra’, el desalojo debe someterse a los eternos trámites de nuestra Justicia ordinaria y cuando ya los van a sacar tienen construidas sus casas con antena de Directv, conexiones de agua y luz, protegidos por los derechos humanos y la mágica palabra ‘pobrecitos’ que pone a chillar a los pendejos que les comen cuento.

Pero hay otros casos en que el tiro les sale por la culata y la pequeña quemazón que habían planeado se convierte en un infierno total que exige la presencia de los helicópteros Bambi Bucket de la Fuerza Aérea (ahí si valoramos que la base aérea quede ‘aquisito no más’) y todas las máquinas de bomberos habidas y por haber de nuevo con esos abnegados servidores que arriesgan sus vidas a cambio de la satisfacción del deber cumplido y una que otra medallita a veces póstuma recibida por una inconsolable viuda.

Como es de esperarse casi nunca se encuentran los responsables y como es costumbre les echamos la culpa al Dagma, a la CVC y hasta al presidente Uribe. Pero como tras la tempestad viene la calma, aparecen los primeros nubarrones y con ellos las lluvias de octubre con sus abundantes inundaciones y el tema se olvida hasta el año entrante.

Los días subsiguientes los aprovechan los invasores para consolidar sus delitos, se consiguen algún concejal o diputado al que le cambian sus votos por escrituras así sean chimbas y ‘¡que viva Colombia, hp!’.

Mientras tanto, los promotores de estas invasiones siguen en su tarea de ofertar lotes hasta con servicios, a la espera de un veranito que les ayude nuevamente a cometer sus pilatunas.

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DP:
Escribe Sergio Fajardo referente a la pregunta que hizo Siriri al final de la columna del martes pasado en torno a por quien votó el alcalde Armitage: “Buenos días Mario Fernando, yo creo que por mí”.

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