El regreso del mesero fantasma

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El regreso del mesero fantasma

Noviembre 11, 2019 - 11:55 p. m. Por: Mario Fernando Prado

Pensé que la historia del mesero fantasma había pasado a formar parte de las leyendas urbanas, de esas que por vía oral ya no son recordadas y se han ido olvidando con el correr de los años.

Sucede que a mediados del siglo pasado cuando la carretera al mar a duras penas estaba pavimentada hasta el Kilómetro 18, existió un estadero famoso por sus irrepetibles pasteles de carne que preparaba con fruición Don Nicolás Piper, un emigrante alemán que sentó sus dos cabezas en Cali y tuvo unas bellísimas hijas de esas que paraban el tráfico.

Aprovechando su fama, Piper montó además una discoteca con música en vivo los fines de semana, lugar que se convirtió en visita obligada para calentar los cuerpos al son de los chachachás, los merecumbés y unos boleros levanta pasiones en medio de la densa niebla. Varias generaciones fuimos a parar allá, cuando manejar con tragos hacía que uno condujera como si flotase en medio de las nebulosas tinieblas.

Cuentan que Piper no quiso contratar a un mesero de tez blanca, alto, flaco, mustio y sombrío que vivía en Terrón Colorado y que vestía siempre de negro azabache, con negra corbata y negro sombrero y que salía a ‘coger’ quién le echara un aventon, fuera un bus , un camión o un carro particular.

Fueron varias las ocasiones en que solícitos y solitarios conductores detuvieron sus berlinas para recoger al extraño personaje, que se subía en el puesto trasero y pedía lo llevaran hasta Piper sin musitar palabra alguna.

Eran esas noches lluviosas en que la visibilidad era precaria -desde luego no había luces en la vía- y la radio del vehículo no funcionaba en esas lejanías. Al llegar a Piper, el conductor detenía el carro para que se apeara el mesero y al advertir que no se abría ni se cerraba la puerta y mirar para atrás, descubría que no había nadie: el extraño personaje se había vuelto humo y había desaparecido misteriosamente.

El pánico hacía que algunas de estas acomedidas personas y en estado de shock se apeasen del auto espantadas e ingestaran acuerpados aguardientes dobles con cara de triples y narraran lo sucedido con ese macabro espanto, pavor que aumentaba cuando les decían que ese personaje fantasmagórico jamás había trabajado allí y nadie lo había conocido.

Han pasado 70 años sin que se volviese a saber del espanto, hasta que en estos días y por el correo de las brujas me enteré que el mesero fantasma había reaparecido: un señor muy serio y adusto que frecuenta la Parcelación Monterrico tomó carretera en una noche oscura -se había ido la luz como es costumbre- llovía a cántaros y en la recta de Terrón vio a una persona, que pese al paraguas negro que portaba se estaba emparamando y en un acto de misericordia detuvo su cuatro por cuatro para que se subiera adelante. Curiosamente el pasajero prefirió irse en el puesto trasero.

Como al querer entablar conversación no obtuvo respuesta, prefirió escuchar Carmina Burana que en ese momento sonaba en la emisora de doña Amparo, obra que lo embebió hasta que llegó a La Cabaña y espantado miró por el retrovisor y ¡su pasajero había desaparecido!

Totalmente paniquiado se bajó en el establecimiento que estaba a punto de cerrar -era jueves-, le contó a Marco Ovidio lo sucedido, quien lo calmó, le dio una agüepanela con harto ron y le dijo que algo había escuchado entre gallos y medianoche hacía muchos años en boca de doña Martha, su mamá quien trabajó en Piper, pero que no recordaba más.

Sirirí habló con el espantado. Él niega que esto le sucedió y pidió muy molesto que no lo jodiera más con ese cuento. Pero ha quedado en el ambiente el regreso del mesero fantasma. ¿Quién será al próximo en recogerlo? Ta-ta-ta-ta-tannnn...

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