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La sacudida caleña

Julio 01, 2021 - 11:50 p. m. 2021-07-01 Por: María Elvira Bonilla

Todo empezó aquel 28 de abril con un llamado a un paro nacional para protestar contra una reforma tributaria que en mitad de una pandemia que había azotada al país todo, buscaba meter la mano en el bolsillo por parejo, inicialmente hasta con IVA al café y el azúcar. La testarudez tecnocrática del cínico ministro de hacienda Alberto Carrasquilla, segundada por un presidente igualmente terco pero además manso, Iván Duque, tocó fibras profundas. Despertó una ira agazapada.

La marcha convocada por sectores sociales organizados desembocó en una multitudinaria protesta ciudadana que caló en los barrios populares. Cientos salieron, vecinos que habían permanecido confinados por la pandemia, unidos en el sacrificio económico producto de las cuarentenas que trajeron más pobreza y hambre. La protesta tomó una forma inédita en el país: barrial.

La herida social era tan profunda que se prolongó y en la tarde y noche en algunas ciudades, incluida de manera dramática Cali, empezó el desmadre. Brotó la delincuencia, gente rabiosa y hambreada unida a ‘los extranjeros’ -como les llaman popularmente a los venezolanos- vieron la oportunidad de asaltar comercios, supermercados y pequeñas tiendas.

La gente en los barrios se juntó para defenderse y empezaron a levantar barricadas con cualquier material para protegerse de extraños, incluidos los vándalos y la Fuerza Pública. Quedaron en la primera línea los jóvenes, con la energía y la fuerza necesaria para resistir, y de allí nacieron las llamadas resistencias que en Cali son 26, y que existen en las principales capitales.

Los jóvenes se convirtieron en los voceros de las comunidades en las barriadas y los vecinos los acompañaron incluso con las ollas comunitarias que ya funcionaban para proveer de comidas colectivas en pandemia, uno de los símbolos de este estallido social. Siguieron los bloqueos, que ahogaron la ciudad. Inicialmente buscaban hacerse oír pero nuevamente se salieron de madre y fuerzas violentas silenciaron sus demandas, muchas de éstas elementales y justas.

Vino luego la organización en la unión de resistencias de Cali, que permitió, gracias a la mediación de la arquidiócesis con monseñor Darío Monsalve, establecer un diálogo con el alcalde de Jorge Iván Ospina que derivó en pactos local. Un ejercicio de negociación que permitió que se levantaran los bloqueos. El momento es crucial. Cumplir con los acuerdos firmados con los jóvenes de las 26 resistencias es la condición para romper el espiral de violencia y en esto tiene un rol fundamental y único el Alcalde, con su capacidad de respuesta oportuna y rápida que lleve soluciones a los barrios con una oferta institucional que permita avanzar hacia un gran pacto social que involucre a toda la ciudad.

Y la otra orilla, delimitada geográfica y socioeconómicamente, no puede estar ajena a este proceso. Marcha ya un gran proyecto coordinado por ProPacífico que reúne $40 mil millones para ejecutarse en concordancia con las líneas de intervención trazadas por los pactos barriales. Pero este es solo el comienzo para, con lucidez y sensatez, lograr transformar esta sacudida en la oportunidad para reconstruir una ciudad fracturada sobre unas bases sólidas que cierren brechas e integren a millones de excluidos.

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