Evo y el delirio de grandeza

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Evo y el delirio de grandeza

Noviembre 14, 2019 - 11:50 p. m. Por: María Elvira Bonilla

Los 13 años de gobierno de Evo Morales transformaron Bolivia. Y lo dicen nada menos que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Unos jueces férreos e implacables. Estos son sus datos. Recibió en 2006 a su país con índices de pobreza que llegaban al 38 o 40%, están en la actualidad en un 15%. El crecimiento económico de Bolivia fue uno de sus mayores logros: el PIB aumentó 4% anualmente durante más de una década, siendo el crecimiento más sostenido y sólido y el mayor de toda Suramérica.

Con una población un poco mayor a los 11 millones de habitantes, Evo Morales inició su presidencia con el 8,1% de desempleo y la redujo al 4,2%; casi la mitad de la población es activa económicamente y en un incremento progresivo, el salario mínimo pasó de US$60 a US$310 mensuales. Nacionalizó bienes estratégicos como los hidrocarburos y la minería, logrando un importante desarrollo de la infraestructura, con 8100 obras documentadas por el Banco Mundial. Se construyeron doce fábricas de litio, tres de cemento, dos de automotrices, 28 de textiles y se crearon 12.694 cooperativas dentro de la estrategia de fortalecimiento de la industria nacional. La red de carreteras superó los 25 mil kilómetros y en La Paz se inauguró el teleférico.

Nacionalizó el gas y desprivatizó el servicio de agua, estableciéndolo como un derecho humano. Instituyó la pensión para los adultos mayores a partir de los 65 años y se estableció un bono para todos los estudiantes. El analfabetismo descendió del 22,7% al 2,3%. Se Construyeron 134 Hospitales, mil escuelas y cerca de 8 mil Centros deportivos y se creó una nueva Constitución que le concedió derechos a trabajadores, campesinos, estudiantes y a los indígenas. Nada de esto será fácil de echar para atrás.

Sin embargo su éxito se convirtió en el germen de su fracaso como gobernante y líder. El delirio de grandeza desbordado lo llevó a apostarle a una cuarta reelección y esto lo tiró al abismo.

Empezó por no respetar el resultado del referéndum del 2016 en el que perdió 51% contra 49%, donde el voto popular le dijo que no podía reelegirse; sumado a esto la economía, antes boyante, empezaba a mostrar signos de fatiga, con una inflación cercana al 8%, golpeando el bolsillo de los bolivianos, especialmente la clase media, que quería una alternancia en el poder. Con una artimaña insostenible avalada por el Tribunal Supremo tercamente Morales se postuló para las elecciones de hace un mes, cuyos resultados terminó manipulando para no someterse a una segunda vuelta. Un burdo fraude que incendió a Bolivia y terminó sacándolo a las patadas del Palacio presidencial.

Lo traicionó la pulsión de creerse irremplazable y el minuto final no entendió a su pueblo, que siempre creyó interpretar certeramente. El autoritarismo es el mismo venga de donde venga: desde la izquierda o la derecha y cada día es más evidente que la gente se sacude el recorte de libertades y encuentra la manera de hacerse oír y ser tenida en cuenta. Pero allí está su legado y los millones de indígenas y campesinos que vieron transformar sus vidas, ejercieron sus derechos y entendieron el significado de la palabra dignidad, van a hacerse respetar. Quien llegue a gobernar Bolivia requerirá serenidad y lucidez, todo, menos revanchismo.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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