¡Ay, la Justicia!

¡Ay, la Justicia!

Noviembre 15, 2018 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Después de más de veinte años, la Fiscalía desempolvó el expediente de Gerardo Bedoya Borrero. El querido Gerardo, asesinado en una circunstancia extrañísima de la que la Justicia no ha logrado saber nada y los avances para identificar a los responsables son casi nulos. Conclusión: impunidad absoluta.

Asistí al búnker a rendir testimonio a la Unidad de Derechos Humanos. Lastimosamente poco pude aportar; vivía en Bogotá y me enteré de la triste noticia por los medios.

Esta última fiscal tiene el caso desde hace apenas un par de meses y aunque técnicamente prescribió el año pasado, la investigación sigue abierta porque está bajo medidas cautelares dictadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Tal vez, por su condición de periodista.

Su crimen se dio en el terrible contexto del ascenso triunfal del Cartel de Cali que puso en jaque a la ciudad golpeando para siempre los resortes morales del conjunto de la sociedad. Los narcos del Valle cooptaron políticos, empresarios, jueces, generales, militares, policías y ciudadanos, haciendo un daño, a mi modo de ver, irreparable, y voces como la de Gerardo Bedoya intentaron enfrentarlos desde la frágil tribuna de los medios de comunicación, en su caso el periódico El País.

Resulta increíble, pero lo cierto es que la Fiscalía está en ceros. Solo sabe de la sevicia con la que fue abaleado por el registro documental del levantamiento, realizado ese mismo 20 de marzo de 1997. Quien lleva el caso, poco sabe, y digamos, para ser benevolentes, se muestra abrumada por el abandono del mismo.

Mi visita al búnker se dio en el peor momento, cuando la Fiscalía se encuentra cubierta por un manto de duda, de interrogantes, de desconfianza, tras los hechos siniestros que rodean la dolorosa muerte de los Pizano, padre e hijo.

Importa, y mucho, que el Fiscal investigue a fondo la desaparición de Jorge Enrique Pizano un testigo importantísimo para jalar la pita y develar detalles de la manera como operaba la máquina corruptora de Odebrecht. Es difícil creer, después de la intoxicación mortal de su hijo con cianuro en el escritorio de su papá, que el origen la causa de la muerte de Jorge Enrique Pizano haya sido natural como se creyó en un primer momento. Son demasiados los interrogantes.

No va a pasar nada, es la expresión descorazonada de la gente. Nadie da confianza: ni el ente investigador ni las instituciones adscritas como Medicina Legal, ni jueces ni magistrados -basta ver el comportamiento del ‘Cartel de la Toga’ y el presunto tráfico de tutelas en el corazón de la Corte Constitucional en cabeza de renombrados abogados como Jorge Pretelt. ¡Qué vergüenza!

El búnker de la Fiscalía es un lugar intimidante que desde que se cruza la puerta, hace sentir su aplastante poder imperial que se sabe con derecho a activar. Los ciudadanos no son recibidos con la amabilidad y el respeto de quien se acerca a colaborar para aportar en las investigaciones.

Duele pensar que el enigma de la muerte de Jorge Enrique Pizano, quien terminó su vida atribulado, buscando desesperadamente en quien depositar testimonios y documentos, asolado por la premonición de una muerte segura, puede terminar en nada, como ocurrió con el asesinato de Gerardo Bedoya. Y está claro: un país sin justicia es un país fallido.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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