¡Extremismos!

¡Extremismos!

Marzo 21, 2019 - 11:35 p.m. Por: Liliane de Levy

La intolerancia nos amarga la vida. En la casa, la calle, el trabajo, las reuniones sociales, en todas partes. La gente perdió paciencia y empatía y a la más mínima provocación, estalla, se vuelve irracional y violenta.
Este diario se ocupó del fenómeno para contabilizar centenares de muertos al año, motivados por la intolerancia en nuestra ‘Sucursal del Cielo’. Juan Gosaín también lo lamentó al contar en entrevista reciente que ya no podía reunirse con amigos sin ser víctima de agresivas discusiones políticas que dejan sabor amargo y muchos rencores.
Tanta intolerancia la manejamos dolorosamente a diario pero se convierte en tragedia cuando degenera en terrorismo, fermentado en mentes enfermas y justificado por la absurda intención de defender causas nobles, relacionadas con política, religión, raza, nacionalismo y otros.

La más reciente se registró cuando un supremacista blanco asesinó a 50 musulmanes orando en dos mezquitas en la ciudad de Christchurch (Nueva Zelanda). Al arrestarlo el asesino Brenton Tarrant de 28 años de edad, oriundo de Australia, hizo un gesto supremacista con la mano para exhibir su ideología y luego anunció que asumiría personalmente su defensa para dar a conocer al mundo la “bondad” de sus opiniones extremistas.

¿Qué es la ‘Supremacía del Hombre Blanco’? Se trata de una ideología que ataca a las minorías, glorifica la violencia, considera a los inmigrantes ‘invasores’ y detesta la diversidad. Quienes la practican se proyectan como ‘salvadores’ de la condición del ‘hombre blanco y supremo’, cuyo bienestar se encuentra amenazado por los no blancos e inferiores. Una teoría que Hitler aplicó hasta sus últimas consecuencias, y el Holocausto.

En resumidas cuentas el asesino de los 50 musulmanes en Nueva Zelanda es un fanático racista -aunque tanto el Islam como el Judaísmo no son razas, como lo quieren ver los racistas-. Sin embargo, y pese al horror causado por los nazis, su ideología demente no murió y sigue causando estragos en todo el planeta.

Es la misma que animó a Anders Brievik en Noruega cuando mató a 70 jóvenes porque manifestaban a favor de la inmigración. A Robert Bowers cuando asesinó a once fieles rezando en la sinagoga ‘Tree o Life’ en Pittsburgh (EE.UU.) y anunció que “¡todos los judíos deben morir!”. A los bárbaros que desfilaron en Charlottesville con antorchas y cánticos racistas (a la manera de los lúgubres Ku Klux Klan) vociferando: “No nos reemplazarán”. A Dylan Roof de 21 años cuando mató a nueve afroamericanos reunidos en un sótano de Carolina del Sur.

Eso y muchísimo más, sumado a las convulsiones nacionalistas que se registran en países democráticos como Francia, Alemania, Italia, Inglaterra, Holanda, etc., para negar la diversidad europea, producto de siglos de colonialismos y penurias en países del Tercer Mundo y supuestamente proteger al ‘hombre blanco y supremo’, merecedor de una mejor vida que todos los demás.

Al lado de esta teoría macabra, surgen nuevas, igualmente nocivas. La más pérfida del momento la inventó y la divulgó un tal Renaud Camus, un francés de 72 años de edad en un libro titulado ‘El gran reemplazo’. Alega que poblaciones diversas llegaron a Europa a desplazar y eliminar al hombre blanco para tomar su puesto.

Es también el título que el terrorista australiano que atacó las mezquitas en Nueva Zelanda le puso a su ‘manifiesto’ y entregó a las autoridades para explicar su macabro comportamiento. Cabe destacar que el grito “no nos reemplazarán”, que el libro de Renaud Camus inspiró, se escucha en todas las manifestaciones de los supremacistas blancos del mundo, convirtiéndose en su eslogan unificador. Otra ‘teoría del complot’, reveladora de odios profundos.

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