Amarillo

Amarillo

Diciembre 13, 2018 - 11:35 p.m. Por: Liliane de Levy

El color amarillo no es de los preferidos. Al contrario, lo relacionan con celos, maldad, traición, enfermedad, discriminación, etc. Aunque se destaca por su visibilidad y por eso fue quizás escogido como color del chaleco-uniforme de los trabajadores franceses, agrupados en el movimiento llamado Les Gilets Jaunes (chalecos amarillos) para protestar contra el gobierno del presidente Emmanuel Macron.

Además, no tuvieron que buscar ni gastar mucho ya que es el chaleco que todos guardan (por obligación) en el baúl de su carro para usarlo (precisamente por su visibilidad) en caso de un incidente de tránsito. ¿De qué se quejan los encolerizados manifestantes en Francia? Ellos acusan a Macron de no cumplir con sus promesas de reformas económicas y de indiferencia hacia ellos para convertirse -en solo un año y medio de gobierno- en el ‘presidente de los ricos’.

El motivo que desató su repentina explosión de cólera fue la subida de un impuesto sobre la gasolina con la excusa de querer bajar su consumo y sus emisiones nocivas para satisfacer afanes ecológicos; olvidando que quienes necesitan el carro para trabajar no aguantan más gastos y vida cara. Y que también recuerdan, con no disimulado rencor, que Macron los había calificado de “vagos” y pedido que trabajen más cuando le describieron sus necesidades. Entonces salieron en masa a decirle “¡basta!”.

La subida del combustible fue la gota que rebaso el vaso y van cuatro sábados que, unidos por sus dificultades y el color amarillo, los ‘chalecos amarillos’ han estado reclamando derechos. Se calcula que son entre 200 y 300 mil los que salen a protestar; se comunican a través de las redes sociales y se caracterizan por la espontaneidad y la agresividad de sus manifestaciones.

Los ‘chalecos amarillos’ forman ahora un gigantesco movimiento calificado de inédito: sin cabeza, sin líderes, sin color político definido, sin interferencia de sindicatos y sin representación oficial. Un movimiento desordenado, que va en todos los sentidos y cuyos reclamos son prioritariamente domésticos. Se pueden enumerar. La injusticia fiscal: los trabajadores y asalariados consideran que pagan demasiados impuestos y que los ricos no pagan lo suficiente; piden mejores y más servicios públicos. Reclamos válidos e imposibles de refutar. En efecto llevan una vida difícil que no encuentra alivio. Cuando ven que los ricos amasan millones y ganan sumas escandalosas se llenan de odio.

Un ejemplo: en días pasados se supo que el salario del director general de Renault oscila alrededor de 18 millones de dólares al año; la noticia escandalizó a todos quienes ganan un salario promedio de unos dos mil dólares al mes (el mínimo es de menos) y que en Francia no alcanza para vivir.

En los eslóganes que exhiben los ‘chalecos amarillos’ denuncian: “Macron el ecológico se preocupa por el fin del mundo mientras nosotros nos preocupamos por el fin del mes” o “Yo no trabajo para alimentar a mi carro sino a mi familia”. Y todos piden que ¡Macron renuncie a su cargo!

Tanto desespero conmueve y los franceses, en su mayoría, simpatizan con los ‘chalecos amarillos’. Pero en el Senado el ambiente es de mucha preocupación. Ante la espontaneidad del movimiento, los odios que lo animan y su falta de liderazgo para representarlo en caso de una negociación o de querer controlar los desbordamientos, los analistas temen que en medio de tanta confusión Francia pueda caer en el populismo o el aislamiento.

Allí ya se palpan corrientes de extremistas de izquierda y derecha y se escuchan voces xenófobas, racistas, antiinmigración y anti Europa que asustan. Incluso en el exterior, por su gran poder de contagio. En Túnez, Canadá, Estados Unidos y otros, se perciben brotes de nuevos ‘chalecos amarillos’. Inquietante.

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