Fracase a lo bien

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Fracase a lo bien

Febrero 26, 2020 - 11:55 p. m. Por: Julio César Londoño

Una revista mexicana les está enviando una pregunta triple a 15 escritores latinoamericanos. Para usted ¿qué significa la literatura a) como persona b) como artista y c) en cuanto a ciudadano?

La pregunta puede reducirse a la clásica ¿por qué escriben los que escriben?

Yo creo que uno escribe para fracasar en grande. Me explico.

Todo comienza con una actividad casi inofensiva, la lectura.

Gozar con la lectura es difícil al principio… ¡y se complica con los años! Al principio, porque el lector no cuenta con ciertos prerrequisitos intelectuales ni ojos entrenados ni cayos en las nalgas. Con el tiempo adquirimos aquellas habilidades y estos tejidos, pero aparecen nuevos problemas: el lector se vuelve muy listo y cada vez le resulta más difícil encontrar contenidos originales y estilos jugosos. Ya le ha cogido gusto a la buena prosa y no soporta, en el ensayo, el lenguaje reseco de los académicos y los enciclopedistas, v. gr. el último Asimov (Asimov Inc., el de los 347 volúmenes). Le molesta la falta de vuelo. Las deducciones previsibles. Quiere información inédita, especulación inteligente y un estilo con textura. Lo quiere todo a la vez. Reconoce de lejos todas las metáforas y desespera a los poetas, que ya no encuentran imágenes para sorprenderlo. Se sabe de memoria los siete nudos de la ficción y los 111 desenlaces posibles, imposibles y futuros.

En este punto, el lector está perdido. Lo sabe todo, lo ha leído todo pero no puede parar. Solo le queda el hastío. Es Garrick. Conoce incluso las obras de varios autores imaginarios. Avellaneda. Julio Platero Haedo. H. Bustos Domecq. Almotásim el Magrebí. El Aristóteles de la ‘Comedia’. Erra como ánima en pena entre los anaqueles de las librerías buscando un ensayista que especule con agudeza, un cuento que enrede con destreza el nudo 18, un poeta que le susurre el verso capaz de poner una sonrisa en los labios de Dios.

El buen lector es un vampiro al que ya le cuesta encontrar plasma de calidad. Sabe muy bien que los números juegan en su contra. De mil libros que se publican, quizá cincuenta son buenos. De esos cincuenta, quizá veinte estén en traducidos al inglés o al español. De estos veinte, quizá cinco hayan sido escritos para él y quizá uno, si los dioses son propicios, esté en esa librería que hoy recorre con una mezcla de tedio y esperanza.

Y claro, un mal lleva a otro. Buscando lecturas, el lector se vuelve escritor. Y escribe para leer El Libro, el perfecto, el que no encuentra, ese que ha buscado toda su vida. Y lo que escribe le gusta porque es congruente con el credo estético que profesa… pero, ay, todos tenemos más gusto que talento. Al final, lo que ponemos en el papel es inferior a lo que teníamos en la cabeza, o en el corazón, e inferior, por supuesto, a los textos de los maestros.

Un buen trabajo debe cumplir por lo menos tres requisitos: ser bien remunerado, producir placer y tener una función social. Hasta los más egoístas sentimos, en algún momento, la pulsión de contribuir a que el mundo sea más amable, menos bárbaro.

El escritor trabaja por las mismas razones: necesita un salario; escribe porque encuentra placer escribiendo, y confía en que, de algún modo mágico, sus planas enriquezcan el mundo.

A la hora del balance, descubrimos que el oro y el placer llegaron a cuentagotas y que el mundo feliz es una utopía. Para entonces, ya estamos enamorados del oficio y enviciados al fracaso, y comprendemos que el esfuerzo valió la pena porque las cosas grandes, Sancho, con intentarlas basta.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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