Cabezazos notables

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Cabezazos notables

Febrero 19, 2020 - 11:55 p. m. Por: Julio César Londoño

Las primeras grandes ideas del ser humano fueron la bipedestación, las herramientas de piedra, el uso del fuego, la construcción de cortavientos, las tumbas y el arte.

Los antropólogos llaman bipedestación a la actitud que nos permitió ser bípedos hace seis millones de años.

Queríamos oliscar estrellas. O ser más altos para impresionar. Quizá la bipedestación no fue una idea sino un acto instintivo de defensa. En todo caso, idea, chiripa o cañazo, esa postura nos cambió la vida para siempre. A ella le debemos el pulgar oponible, el lenguaje, la articulación clara, el paso del gruñido al silbo, la canción y la plegaria.

Y la posibilidad de ‘mirar por encima del hombro’.

El segundo gran cabezazo fue el hacha de piedra. Las inventamos hace 2,7 millones de años en Etiopía, ganamos con ellas fama de homo habilis, fuimos cazadores, pusimos fin a la pesadilla de millones de años de ensaladas y carroña, nos hartamos con jugosos perniles, y el cambio de dieta nos aumentó el tamaño del cerebro.

La tercera idea fue el cortavientos, un muro bajito y semicircular. Los bípedos los inventaron un millón de años después del hacha, fueron los primeros edificios y nos salvaron de los filosos vientos del invierno en las regiones donde no había cuevas. En este momento el habilis, bípedo pero jorobado, se yergue erectus. Poco después las herramientas cambiaron. Las hachas de Amiens, Francia, tienen forma de pera, son bifaces y simétricas. James Steele ha mostrado que para fabricar una de estas hachas eran necesarios trescientos golpes y 24 minutos de trabajo, una secuencia tan compleja como la construcción de un discurso.

La cuarta idea fue el fuego. Aprendimos a usarlo hace millón y medio de años en Kenia. Gracias a su poder dejamos de ser presa de los grandes felinos y nos convertimos en sus predadores, cocimos arcillas, descongelamos mamuts, aprendimos a cocinar y pudimos aprovechar la energía producto de la combustión de carbohidratos de vegetales que eran muy duros o indigeribles.

Hace cuatrocientos mil años la lanza nos alargó el brazo y las uñas. La inventó un cobarde en Essex, Inglaterra.

Hace 150.000 años nuestro cráneo tomó el aspecto actual: una bóveda craneana alta y esférica, frente vertical, arcos superciliares de poco relieve y mandíbula ortognática.

Hace 90.000 años enterramos por vez primera a nuestros muertos. Se cree que el hecho marca la aparición de la conciencia, ‘el gran poema de la materia’, y el comienzo de las religiones. Lo cierto es que el entierro es un ritual que nos ayuda a sobrellevar el dolor y a manejar esa criatura tremenda, esa cosa que está y no está, el muerto.

Hace 50.000 años apareció el arte. Hicimos pinturas rupestres, cuentas de colores y figurillas femeninas de bulto. Todas eran figuras femeninas porque la gestación nos parecía una operación mágica (ahora sabemos lo es). ¿Cómo fueron posibles Altamira y Lascaux? ¿Cómo llegamos a esas formas tan gráciles, cómo alcanzamos esa pasmosa ‘modernidad’ sin pasar por el primitivismo? ¿Por qué es tan firme el pulso de esa ‘mano sin rostro que traza el lomo del bisonte’ con una línea perfecta? Nadie lo sabe. Algunos piensan que sí hubo balbuceos y bocetos y bisontes chuecos, pero se han perdido. Otros aseguran que esa mano sí estaba entrenada porque ya antes había hecho vestidos, cocido alimentos, acariciado el bisonte, rozado labios, secado lágrimas y pulido el hacha.

Sigue en Twitter @JulioCLondono

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