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Enero 13, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Cuando tenía 18 años, hace 52, amén de estudiante rebelde y lanza guijarros de Santa Librada, billarista de tres bandas en el Café Colombia, ajedrecista imperdible en la Academia García, boxeador irrisorio en el Gimnasio Olímpico y actor de tragicomedias de la mano de Fanny Mikey, me destacaba como bailarín consumado en los sitios de dispersión de la zona de tolerancia, Acapulco, Siboney, Milancito, Fantasio, Danubio Azul, la Atlántida, el Tíbiri Tábara, la Terraza Belalcázar, de donde casi siempre terminaba tirando paso al amanecer en Juanchito, con una negra bien sabrosa.

Al mismo tiempo comenzó a cuajar en mi mente cierta rebeldía por como estaba construido y manejado el mundo y el barrio, en mi caso el Jesús Obrero, y aun territorios más alejados, donde se moría del hambre o de la opresión, como en ciertos pueblos del África. Y me dediqué a buscar responsables, de Dios para abajo, para ver de pegarles la patada de la palabra, que por entonces también comenzaba a afinarme las cuerdas vocales, merced a la lectura de autores altisonantes como Emilio Zola y León Bloy, y de alguna que otra película, como Rebelde sin causa, con James Dean y Nido de ratas con Marlon Brando.

Pensé que no podía quedarme de zanquilargo en los dancing con parejas de cuatro pesos y decidí vincularme a una pandilla de chicos malos. Pero la Pandilla Veneno de San Nicolás había desaparecido y en la de El Triángulo, que era de San Fernando, de niños bien pero bien cagada, no clasifiqué tal vez por los mocasines. De modo que debí contentarme con la Barra de Tinto Frío, de la cafetería del Ley de la Octava, que era más calmada, con un leve aire cultural, y hasta erótico. Se debatía el teatro del absurdo, el arte abstracto y hasta la poesía de vanguardia, en aras de conquistar descrestando a las dependientas. Estas eran más bien difíciles de levantar con la sola carreta y los contertulios más pudientes, oficinistas, las invitaban a la salida a cenar antes de cenárselas.

Hasta que alguien me dijo que eran más fáciles de transar las del almacén Jotagómez, dos cuadras más abajo, donde su propietario, según las malas lenguas, se papeaba un virgo noche tras noche. Y si eso lo logra hacer Jotagómez, me dijo la fuente que me admiraba, por qué no lo va a lograr Jotamario, como comenzaba a firmarme. Pero tampoco corrí con la mejor suerte. Con la práctica del onanismo empecé a perder el pulso para las carambolas y el jaque mate, y no lograba ganar para el alpiste de las palomas en prospecto.

Condiscípulos que coqueteaban con la política me llevaron consigo a los barrios de invasión donde me enseñaron a pronunciarme contra el sistema, lo que hacía con arengas calcadas de los versos de Mayakovski, aprendidos de La nube con pantalones, volumen que me regalara Leonel Brand, dependiente de la librería Bonar, quien en el colmo de la fiebre redentorista me dijo un día que se iba para la guerrilla. Que si lo acompañaba. No me sonó del todo mal la propuesta y decidí consultarlo con papá y mamá. Mamá lo primero que me dijo fue pero mijo si a usted no le gusta el campo y allí lo que le va a pasar es que se lo van a comer los zancudos. Y papá, más condescendiente, me dijo que si quería pelear con los poderosos me convirtiera en un escritor como Vargas Vila. Y me regaló Los divinos y los humanos, que me devoré en una noche.

La providencia, en la que por entonces no creía, hizo que me llegara el movimiento de predicadores del caos al que me allegué de inmediato, el Nadaísmo que me sacó de la nada. Me dediqué a maldecir, denunciar y contradecir en medio de la violencia y el holocausto de campesinos en los que vivíamos sumergidos. Y así nos pasamos por cerca de sesenta años, mientras iban muriendo por accidentes, suicidios y otras muertes naturales fundadores y seguidores. Hasta que uno de nuestros sacristanes, Humberto de la Calle, luego de penosas negociaciones logró la firma de la paz en Colombia. El nadaísmo y el premio Nobel lograron la paz del país. Que tal vez por tan sospechosos padrinos nos está siendo rechazada. Lo había dicho el Profeta: “El hombre es irredimible por Dios y por los humanos”. Jodidos. Ahora me preocuparé por salvarme yo.

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