Mi amigo ‘el enmaletado’

Mi amigo ‘el enmaletado’

Enero 28, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Gerardo García Lozano me envía su libro ‘El enmaletado’. Mientras lo leo para comentarlo, me permito transcribir en prosa el poema que escribí por la época, y que le sirve de epílogo.

1. El pasajero de las maletas. En las bodegas de una empresa de transporte terrestre que hace el recorrido Bogotá-Cali fueron halladas dos maletas de elegante aspecto que viajaron sin pasajero y que en vista de que no fueron reclamadas por ningún destinatario y comenzaban a expedir un insoportable hedor fueron abiertas por el personal de la empresa en presencia de numeroso público hallándose en ellas el cadáver impecablemente descuartizado de un hombre de alrededor de treinta años en incipiente estado de descomposición. Las autoridades se muestran perplejas.

2. Empacando para un mal viaje. Ni siquiera sabía que se llamaba Jaime. Cada que le veía le decía ‘Quiay hermano’. Él se levantaba un poquito el sombrero como diciendo venga, y hacía ademán de sacar algo prodigioso de debajo del poncho de rayas que casi nunca se quitaba. Era uno de esos manes que raramente hablan con alguien a no ser con los ojos. Unos ojos duros de amigo gastado para la ternura, entre los cuales su nariz presentaba la evidencia de un puñetazo, pegado por la vida en quién sabe qué encrucijada. A lo sumo le hablaba a uno en una prosa vaga de los progresos de Hernán en la Agencia, y del gran concierto de rock que estaban organizando en Yumbo. O de que en Jamundí estaban creciendo unos hongos como para echar dedo esa misma noche. A veces se me pegaba en las ceremonias de música que muy dichosamente celebraban los jóvenes acuarios al descubierto, y deseaba sobre todo algún día escuchar personalmente a los ‘Muertos Agradecidos’. Hoy que lo veo en el periódico en pedazos reconocido por su madre, luego de un crimen horrendo que ha erizado las espinas dorsales, y hallo en mi cofre de secretos una foto viejísima donde disfruto de la vida con la risa de mi mujer mientras en el fondo contra un muro el hoy descuartizado de las maletas nos observa con su bigote silencioso, no me queda más que rogar por él a los seres extraterrestres que él dijo ver en Machu Pichu.
3. ‘El Enmaletado’ se saca el clavo. Contaron sus manos y sus pies, contaron los dedos de sus pies y sus manos, contaron los pedazos en que vino su tronco, faltaban las primeras falanges de sus pulgares, faltaba parte de su miembro.

Se temió un ajuste de cuentas en el reino sórdido del hampa, se temió un sobreaviso entre palacios de la misma mafia, se temió una venganza ejercida por un escuadrón de la muerte, se temió una pasión criminal entre homosexuales.

En el humilde cementerio de Siloé dieron sepultura a sus restos, guardaron su cabeza en una nevera, en los periódicos publicaron el retrato de esa cabeza.

Es mi hijo, es mi hijo, dijo una dolorosa mujer al abrir el congelador. Ya le había dicho yo que no anduviera en tratos con esa gente. ¿Con cuál gente?, preguntó el Inspector vislumbrando un oriente hacia alguna pista. ¿Con cuál gente? Con la gente esa de la droga. ¿Está usted segura de que es su hijo? El corazón de una madre no engaña nunca. Desentierren sus restos, un clavo de platino le atraviesa la rótula. Se había ido de casa hace quince días.

Pero Jaime regresó a casa ese mismo día y le dijo a su madre que qué clase de madre era que lo había confundido públicamente con aquella piltrafa humana. El inspector de todas formas practicó la autopsia a la pierna izquierda y en el sitio donde la madre con su dedo había señalado el clavo de platino estaba brillando.

Jaime volvió a la barra de los amigos con el corazón destrozado alegando que él no había tenido nunca nada que ver con ninguna mafia y que cuidadito con alguno ir a hacerle algún chiste malo porque a aquel que lo hiciera algo aún más terrible podía pasarle. Y arrancaba a correr avenida arriba del Café de los Turcos persiguiendo un balón y pateándolo como nunca con una zurda completamente sana. Bogotá, enero-1974.

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