Los judíos errantes

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Los judíos errantes

Junio 15, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Entre los seres que me fue dado conocer en el camino de la vida, tal vez el más amable fue el de los caminantes, hombres y mujeres, por lo general jóvenes, rara vez en parejas, que iban de la ceca a la meca,
conociendo y haciéndose conocer, casi siempre con el pretexto del arte y la poesía, pero algunos solo por el placer del desplazamiento, en la mística del vagabundeo. Verdaderos Vagabundos del Dharma, como titula esa novela del beatnik Jack Kerouac, que retrata a su generación a continuación de En el camino, errante por la carretera rumbo a las altas montañas a desprenderse en lo posible del ser de Occidente, aunque como comenta Coughlín, su personaje, “no se puede vivir en este mundo pero no hay otro sitio adonde ir”. A no ser al aislamiento.

En principio, por los años 60, eran raidistas. Y pasaban por Cali provenientes del sur de Suramérica verdaderos portentos que todo se lo sabían. En la época en que Dios era argentino. Cuando con toda sobradez le preguntaban a uno: “¿Te lo leíste, el Libro de Manuel? Y uno ingenuamente les respondía: “¿De Manuel qué?”. Los que me quedaron grabados, a quienes después de 60 años aún les sigo la pista, hoy son grandes en el universo poético: Leandro Katz, Ezequiel Saad, quien erraba acompañado de Carlota y Mario Satz, de Aurora Braun, inolvidables.

Figuraciones del Judío Errante, ese personaje que en la Escuela de San Nicolás me comentara el señor Reina que era Caín, quien por haber matado a su hermano Abel con una carraca de asno que quién sabe quién mataría, Dios lo condenó a vagar por el mundo diciéndole:
“Andarás errante y fugitivo sobre la tierra”. Y le puso una marca para que no lo matara el que lo encontrara. Pero en el bachillerato en Santa Librada aprendí que era uno de los espectadores del viacrucis de Jesucristo, quien se negó a suministrarle el poco de agua que le pedía y a quien condenó a no morir hasta su segunda venida, hasta el tiempo de la Parusía que ya se acerca, si no es el que estamos viviendo.

Muchos de estos viajantes, que después fueron los hippies, se alojaban en el cuartito de un segundo piso donde vivía Elmo Valencia el Monje Loco. Y donde le llegó a caer un ángel gamín de 7 años, de procedencia campesina, quien por la convivencia con toda esta pléyade, y por mis lecciones de filosofía se nos fue convirtiendo en poeta y cantante, en Gigoló de los dioses, hasta que cuando cumplió 10 años lo mató un carro en la Avenida Colombia. Estos nuevos caminantes ya no eran intelectuales en busca de la meca de México o Nueva York y sus editores, eran dromómanos y drogómanos consuetudinarios que andaban sin un centavo y un día estaban en Bogotá y al otro en Panamá y pasada una semana mandaban postal desde Benarés, adonde llegaban guiados por el recto sendero de Lao-Tse. Pienso ahora qué se habrán hecho todos esos caminantes, ya no hippies que por lo general se acabaron cuando crecieron, sino tantos humanos picados por el ansia de ver el mundo, pobres o millonarios, ahora que la pandemia nos ha puesto quietos en cada casa, cuando muchos de estos no tenían casa. Cómo se puede ahora ‘hacer el camino’ cuando todos los caminos están cerrados, sobre todo los que conducen a Roma o sacan de Barcelona.

Pero volvamos a la leyenda del Judío Errante, tema que se me ha puesto de presente a raíz de la relectura del cuento del poeta que dio nombre al surrealismo, Guillaume Apollinaire, El caminante de Praga, donde narra su encuentro en la calle con un personaje obsequioso quien lo guía por la ciudad y resulta ser el fantástico personaje.

La cosa arranca de un versículo de Mateo, el 18-26 para que vean que frecuento la Biblia, cuando les dijo a sus discípulos: “Yo os aseguro entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del Hombre venir en su Reino”. O sea que no sería un solo judío errante, sino varios, y de pronto muchos, y de pronto todos los israelitas. En la historia se ha visto. (Continuará).

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