La torre de marfil

Marzo 21, 2022 - 11:50 p. m. 2022-03-21 Por: Jotamario Arbeláez

Si me viera de casa campestre, entregado de lleno a ordenar lo escrito en más de 60 años y a clasificar los libros que la vida me fue otorgando y que recubren todos los muros, en tanto libo mi nepentes con jengibre y acaricio a mis perros mientras mi mujer cultiva el jardín, ¿qué diría el maestro Sartre, de quien por los 60 recibíamos el cartillazo existencialista de que estaba bien que buscáramos a toda costa ser libres -como lo habíamos conseguido mediante nuestra insolencia poética-, pero que esa libertad era para comprometerla, y no había compromiso más plausible que el de luchar por el ser humano abusado y desprotegido? ¿Y contra quién? Pues contra los depredadores de la especie, conformados en imperios, avasalladores terratenientes y empresas explotadoras. Los que en su afán expansionista, sin respetar al desvalido ni a su propia madre tierra, terminarían por acabar con el mundo.

De entre esos por entonces destinados a escuchar el llamado no había nadie peor ni más despreciable que los llamados ‘evasionistas’, los refugiados en la torre de marfil -como se refería el mordaz Sainte-Beuve a De Vigny porque no escribía como Víctor Hugo-, artistas y trabajadores del intelecto que se olvidaban de la penuria en aras de conformar sus obras de arte, por lo general por entonces abstracto para echar a la basura el realismo socialista considerado ‘cartel’, o entregados como lo había denunciado el propio poeta y político conservador Guillermo Valencia, a “sacrificar un mundo para pulir un verso”.

Todos metimos el hombro, de una manera o la otra, en pro de “los condenados de la tierra” que nos señalaba Franz Fanon. Unos con mayor valentía o menor prudencia tomaron el camino del monte, y los que husmeábamos en realidades distintas del otro monte. El surrealismo, la patafísica y el zen nos atemperaban. Por más huidizos que fuéramos de los fierros calientes no dejábamos de rastrillar las denuncias en los medios de comunicación que se nos abrieron.

Y así se nos fue pasando la vida sin solucionar nada, llegando a un punto álgido en el que los dueños del privilegio la están comenzando a ver pierna arriba. Sería el momento de aprovechar para volver a gritar ¡a la carga!, incitar a la guerra para pasar a la historia como se le prometía a los combatientes de la guerra contra Troya. Pero ya el pacifismo se nos ha comido los huesos, como creímos que también a los izquierdista que últimamente no hacen sino predicar la paz y en cambio apoyan la actitud de Putin masacrando la población civil en Ucrania.

Recuerdo que por el año 2000 dicté una conferencia en la Universidad de Milán, evento organizado por Ignacio Ramírez, y denuncié por igual los atropellos del régimen en Colombia y los atroces excesos de la guerrilla, con lo que no conquisté ni un aplauso y en cambio si los gritos a la salida de “no queremos neutralistas”, lo que me llenó de vergüenza, pues en la sala contigua Alfredo Molano recibía vítores exaltando la heroicidad de las Farc. Neutralistas, abominables. Había que adoptar derrotero, lo que ahora se llama polarizarse. Y ya no estoy para ello. Lo siento mucho. Así vote por el llamado a cambiarlo todo, perteneciente a un antiguo movimiento que nació de un fraude electoral que denuncié libro escrito con Elmo Valencia y presenté hace 51 años en la plaza de Villa de Leyva donde ahora resido, cuando el lanzamiento del Tercer Partido.

No me siento cobarde, ni evadido de la trinchera. Estoy con la política del amor si llegare a implantarse, que dudo que será fácil. Es más, pienso que podría ser terrible. Difícil que se dejen expropiar a los expropiadores. Así no se trate de ello, sino de ponerlos a que la tierra produzca o la vendan al precio por el que pagan impuestos.

Por ello he decidido entregarme a mi biblioteca, un amor de mi vida que me ha colmado de placeres. Tengo en ella por lo menos cinco mil amigos en sus obras vivientes, con quienes departo los días que me quedan por abrevar. Mi torre de marfil con piso de mármol. Quién lo creyera. Ojalá que no me la expropien.

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