La máquina de coser (3)

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La máquina de coser (3)

Febrero 17, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Estando en las que ando desde que aprendí a coser las palabras en mi máquina de escribir celebrando de fetichista la presencia desde el pie de mi cuna de la máquina de coser hasta la vecindad de la cama saltarina donde tal vez estire la pata, tan sólo me faltaba la más significativa que era el mensaje del pintor Jorge Torres que anda por los mismos aires del culto a la legendaria herramienta que no tiene patente de invención definida, donde me dice que “la música de la máquina de coser que arrulló mi infancia” también arrulló la suya, y me remite una serie de imágenes fantasmales cosidas con el instrumento que utilizaba su madre con el fin de mantener la familia unida en virtud del arte de sus costuras, en ambientaciones difusas donde hay unos puntos de referencia que pertenecen a esa memoria que todo lo desmorona.

Esa máquina ante una mujer con levantadora entreabierta en el embarazo, la silla mecedora recibiendo una luz difusa emitida de un más allá, un gato hipnotizante para subrayar el misterio, un gramófono que emite más luz que música, un paisaje de páramo donde parece tiritar la máquina, un erótico torso desmembrado y descabezado, la evocación en trazos de hilo de presencias que ya no están. ¿Y qué tal si me escribes unas palabras -me dice- ya que nos hermana el común pedaleo de quienes nos abrieron los ojos? Escribo lo que recuerdo y si alguien recuerda en su pintura lo mismo escribo sobre los recuerdos comunes, ahora que todo se va borrando, y no por falta de luz sino porque los objetos también se van.

La madre de Jorge Torres cosía todas las horas para no deshacer el tiempo, y para que sus hijos no se aburrieran les daba para jugar los carretes de hilo de madera cuando el hilo se le acababa, o los conos de cartón de las madejas más grandes, o botones a los que ensartaban con hilos largos por los dos orificios y hacían rotar y enfrentar unos contra otros, y no faltó que se tragaran algún botón pasable sin ahogos qué lamentar. Era en los tiempos en que los juguetes, sobre todo los de los pobres, eran más de imaginación que de cuerda, es decir de piola, como esas cajas de madera que simulaban los carros, impulsados por los motores de la garganta.

Ya conozco varias docenas de cuadros de Jorge donde es la constante la máquina de coser, en distintos estadios de una evocación que podría ser la fiesta de la tristeza, pues su obra es una elegía a la memoria de su madre activando los pedales que él ahora activa con los pinceles. No puede decirse que sea una obra contemporánea, como no puede serlo un tema que se remonta a un pasado que ya no pertenece ni al tiempo, y a un tratamiento donde la maestría es más la evocación que los elementos formales. Es un homenaje a la mamá y a la máquina que trenzaron el tejido de la familia pues recuerda el pintor que dominó los hilos antes que los colores, y en su época se hizo sus pantalones bota campana, y por eso se extraña que tanto niño le inquiera ahora el por qué pinta tantos ‘cañones’.

Me apasionan los artistas empecinados, los que toman un tema y lo agotan sin agotarse, Degas con sus bailarinas, Renoir con sus bañistas, Botero y Arcadio con sus gordas, Obregón con sus cóndores, Grau con sus mariamulatas, Saturnino con sus billares, Toulouse-Lautrec con sus prostíbulos, Balthus con sus lolitas y Giangrandi con sus travestis. Mientras Jorge Torres siga pintando sus evocativas máquinas de coser, y alrededor de ellas sigan ambulando esos espíritus que alguna vez fueron carne de nuestra carne, yo no me cansaré de seguir pespunteando, con esa empolvada alegría que da la nostalgia, La casa de las agujas.

Mientras logro plasmarla en la forma de la novela que me ha dado vueltas toda la vida por los ejes de mi cabeza, escribo estos bosquejos evocadores de la anécdota sartorial, en espera que a los lectores les active un poco los resortes de la saudade. A pesar de los niños inquisidores de Torres, no creo que para ninguno de ellos sea un fantasma la máquina cosedora.

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