La judía errante

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La judía errante

Junio 22, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Por falta de un mejor tema escribí la semana pasada en este mismo espacio acerca de los caminantes de los años 60, esos mochileros que andaban echando dedo sobre todo con pretensiones intelectuales, pues portaban su fajo de escritos bajo el sobaco en busca de un providencial editor. En Cali solían llegar a guarecerse en el pequeño apartamento de ‘el monje loco’ Elmo Valencia, y luego esos raidistas fueron sucedidos por los caminantes hippies, más músicos que poetas y más místicos que rebeldes. Elemento común era el consumo de la marihuana, que de ‘yerba maldita’ pasó a ser bendita gracias a estos cruzados de brazos amparados por Sakyamuni y por Avalokitesvara, el de las Once Cabezas.

Para llenar espacio fui derivando el tema de los caminantes impenitentes hacia la leyenda del judío errante, tal vez porque acababa de leer el cuento de Apollinaire titulado ‘El caminante de Praga’, que me había dejado erizado.

Pues al día siguiente de la publicación del artículo recibí en La montaña mágica, mi casa de campo en Villa de Leyva, una llamada de una desconocida que me decía haberlo leído, averiguado por mi teléfono en el periódico y esa era la razón de su llamada. Que ella, o mejor dicho su abuela, corrigió, había pasado por la guarida del Monje Loco en los años 60 en mi búsqueda pues tenía que confiarme algo prodigioso. Pero yo en esas calendas andaba por el Chocó recogiendo piedras de la luna convertibles en diamantes, por instrucciones de unos maestros espirituales que se me habían presentado en la Ouija y me prometían la vida eterna. Y ella había heredado la continuación de mi búsqueda. Se trataba de algo trascendental. Me sonó simpático el asunto, pero con esta cuarentena…, le dije.

Vivo solo con mi mujer y eso sí herméticamente sellados de común acuerdo. Su voz era preciosa y con su acento judío sonaba como acompañada por los instrumentos de Simon & Garfunkel. ¿Y no tiene un lugar neutral donde podamos reunirnos? Nos conviene a ambos. No sabe los años que llevo caminando en su busca. Y ahora que lo encuentro no me perdono perderlo. Llevo tres meses estancada en Villa de Leyva y no puedo estar mucho tiempo seguido en un solo sitio. Iré caminando a donde me diga. Hágalo por mi abuela Mahelet, adorno de Dios. Y hágalo por mí, me llamo Smadar, regalo de Dios.

Se me ocurrió que podríamos encontrarnos en el estudio de mi viejo amigo el pintor Jaime Rendón, con quien estoy haciendo un libro ilustrado acerca del can-can de París en los años 20. Esa sería mi disculpa. Cuando uno habla con una voz seductora de mujer no sabe qué sorpresa lo espera. Y con esta continencia y a la vez con esta templanza.
Le dije a mi mujer lo de mi cita con el pintor para ultimar detalles de nuestro trabajo genial con el que íbamos a ganar algún premio. Que me llevara en nuestra camioneta y me recogiera en seis horas. Ni más ni menos. Compré en la bomba de la carretera unas botellas de vino y unos finos pasabocas. Afortunadamente no había que pasar por el pueblo donde en razón de mis inminentes 80 estoy vetado de entrar.

Llegamos pues a la casa del pintor, pi pi, quien me recibió alborozado. Eran las dos de la tarde. A las ocho te recojo, estás listo. Cuando mi adorado tormento arrancó vimos que descendía de la montaña en sentido contrario del pueblo una joven de túnica blanca maculada por las inclemencias de la intemperie, con unas leves sandalias y una sonrisa congelada sobre un rostro de arcángel desmaquillado. Apenas me vio al lado de Jaime supe que me había distinguido porque trató de abrazarme pero la detuve alargándole el codo para el saludo, como había visto que se aconsejaba en televisión en protección contra el virus. Ella dejó de sonreír y nos chocó el codo.

El pintor se había quedado solo porque los suyos amanecerían en casa de otro familiar en el pueblo adonde habían bajado por provisiones. Nos hizo pasar a la sala. Sirvió sendas copas de vino benedictino. Le dijo a la visitante que era muy bella, que le gustaría más tarde hacerle algunos apuntes. Que sabía que teníamos mucho que hablar y que él se encerraría a trabajar. ¿Cómo dijiste que te llamabas, querida? Smadar, regalo de Dios. (Continuará)

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