En paz y a salvo

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En paz y
a salvo

Abril 05, 2021 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

Sesenta y cuatro años machacando la prosa y la poesía, 8 cumplidos, con los mismos kilos de peso, las mismas piezas dentales y los mismos centímetros de estatura que cuando tenía veintantos, y apenas si le habré compuesto una endecha a la muerte, que suele ser un tema preferido por tantos poetas tristes, agobiados por desamores, arrollados por filosofías de derrumbe, fracasados en sus aspiraciones de trascendencia o acosados por esos males del cuerpo que no dan tregua.
Se lo confesé a mi psiquiatra con el título de un poema: La muerte no me quita el sueño.

De mis cien poetas amigos de los tres o más sexos han desaparecido noventa y a la mayoría de ellos sí les he entonado mis loas, elegías, lamentos y ayes, gemido en los entierros o cremaciones, emborrachado de tristezas el alma inmortal y pedido al Señor que todo lo puede, si puede, que les abra campo en el paraíso, si hay paraíso. Y si no hay paraíso con ellos puede crearse, pues ya sufrieron en la vida bastante, cuando sufrieron, y cuando no sufrieron, con sus hitos alegres brillo le dieron a ese instante, fugaz o prolongado, de aire, de agua, de tierra y de luz que conocemos como la existencia terrestre.

Fui poco dado a lo sombrío, a lo escatológico, a lo tétrico, mejor dicho, soy poco dado, dado que tampoco me he ido. He sido amenazado, y lo sigo siendo. Hasta me han tenido por muerto, como narro en mi libro La muerte de Jotamario (Caza de libros, 2013). Y yo mismo he descrito mi defunción en Nada es para siempre (Aguilar, 2002), luego de describir por anticipado mi errancia por los toques tanáticos de choque, denegación, cólera, depresión y decatexis. Sólo saben la fórmula de preservar la vida los que fingen morir. Por más que tenga en mi mesa de noche los libros tibetano y egipcio de los muertos, y me embelese con el Necronomicón y los cuentos de Poe, y con El cielo y el infierno, de Swedenborg, y los ensayos de Kubler-Ross, me he deslizado más bien por los bares de las librerías, las pistas de baile y los recovecos sexuales, en busca de temas para cantar odas a la alegría. Fueron mis temas emotivos las novias que me cornearon, los avatares familiares, el rodar de las calles, el encuentro con realidades otras en el más allá de los viajes. Nunca pensé vivir tanto, y mantenerme tan vivo con tanta vida.
Vencí la gota y la calvicie y a unos cuantos enterradores que me pensaban sacar de taquito del cancionero.

En el trayecto de retorno he conocido entidades humanas con alas ocultas bajo sus túnicas, que dedican la energía de su existencia a luchar por la defensa de los elementos que nos mantienen en pie la vida, entre ellos el agua, con sus cantares, y he sentido qué sed con sólo mirarlas.

Me ha dado por comenzar a sospechar que no es cuento la tal existencia de Dios, como comencé a pregonar en mi adolescencia. Algunos me comentan que esa es una constatación del acercamiento. Reconozco que en medio de tantas injusticias, inequidades e iniquidades, he vivido en un mundo de maravillas. Y que son maravillas lo que me espera. Después del sueño donde desaparecen los sueños.

Ahora he retirado mi carnudo esqueleto lleno de bríos a una casa en las montañas de Villa de Leyva, al pie de la laguna de Iguaque de donde salió Bachué con su hijo de brazos a poblar el mundo a partir del imperio Chibcha. Lo hicieron y el nombre del hijo y luego su esposo no lo conservó la mitología, porque era una sociedad matriarcal.

Con mi mujer Claudia Jaramillo y Dina y León mis perros, contemplaré todos los días la salida del sol al que un día se le acabará el combustible y se convertirá en una gigante roja, me bañaré en la quebrada que un día se secará, pasearé en mi camioneta que un día terminará convertida en chatarra, apagaré la luz una noche que no tendrá madrugada, y en medio de las cuarenta cajas de mis Sagrados Archivos, y los siete mil volúmenes de mi fiel biblioteca, me daré cuenta que entre la literatura y yo, entre la tierra y yo, entre mi señora y yo, todo habrá terminado.

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