En casa de brujas (3)

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En casa de brujas (3)

Septiembre 02, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Apenas tuve tiempo de correr al cuarto de los invitados a ponerme un terno negro de muy buen corte y una corbata de centellas sobre mi camisa blanca con bolas negras. Llegué al comedor donde ya Cristálida estaba sentada con el señor de la casa y rey de este mundo, como lo designa la iglesia. Sentí que no debía dejarme impresionar e incluso darme el lujo de ser hasta confianzudo. Él aparentaba toda la normalidad del mundo, vestido como un gerente de banco, cara bien afeitada, cabellera abundante y negra para una edad frisante en los 33, como bien podrían ser 666 o los que lleve marcando la eternidad. Nada de cuernos.

-Hola señor de las tinieblas -le saludé sin estirarle la mano, porque pensé que podría quemármela, por esos preconceptos que carga uno desde niño. -A pesar de mi apariencia de pobre diablo, soy un estudioso de las sagradas escrituras donde usted es personaje señero, pero además de demonología y parusía. Lo que me conlleva a estar al tanto de los sucesos de los últimos tiempos, que serán los que advienes. Y debo decirle con todo respeto, que no me genera su presencia ni cinco de miedo.

-Jajajajaja, -contestó el fantoche -permíteme que me ría de tu valentía. Tú que dices que tanto sabes de estos asuntos no te das cuenta de que ese tu saludo estilizado son palabra que yo mismo he puesto en tu boca. Pero tranquilízate, en adelante dejaré que hables lo que salga de tu corazón o cerebro. Aunque estoy seguro de que los poetas con lo que piensan es con la lengua.

-No es mi caso, señor, yo la lengua la utilizo para humedecerme el índice al contar billetes, frotar clítoris, saborear las carnes y catar vinos. Pienso más bien con la cabeza del falo.

-Se te nota. Has enumerado todos esos placeres que califican como enemigos del hombre y soy yo quien te los depara en bandeja de plata. No te luce ser malagradecido con tu tutor.

El menú no era nada del otro mundo. Más bien parecía pedido a El Bochinche. Cristálida permanecía en silencio como corresponde a una mujer frente a sus señores.

-He estudiado el Malleus Maleficarum o El martillo de las brujas, de Sprenger, donde se narra de las torturas y ejecuciones de sus fans en la edad media y Renacimiento, y me aterro de que a pesar de la sevicia con estas servidoras obsecuentes quede en claro que “el Diablo gana terreno, o sea que Dios pierde; que el ser humano redimido por Jesús viene a ser la conquista del Diablo”, como lo aclara Michelet, en La bruja, que es ahora mi libro de cabecera.

-¿Y sabes dónde están ahora esos inquisidores que quemaron tanta brujita, como la que tienes al lado muerta de ganas? En las pailas más candentes del infierno, donde sus sacrificadas son ahora sus verdugos y los voltean cada siglo para que se tuesten parejitos mientras les releen el Malleus. Juajuajuajuá.

-He discernido que usted no es realidad ningún ser maléfico, como lo califica la oposición. Mal podría serlo un ángel rebelde, rival de Dios pero sólo en la discrepancia en el manejo del mundo.

-Por eso te he contactado. Tengo la edad del mundo y como él he comenzado a sentirme viejo. Así como la tierra está cada vez más descaecida, así me voy sintiendo yo. Y como no hay una versión certera de lo que soy y represento desde antes de la creación, la rebelión celeste y estas calendas apocalípticas, he decidido escribir mi Autobiografía del diablo y quiero que seas tú mi ghost writer.

-Por qué yo, maestro.

-Porque me gusta tu estilacho, que supera al del Espíritu Santo. Yo te facilitaré todo la información y tú te encargarás de ponerla en tu buena prosa, así sea en los versículos que ahora utilizas. Todas las editoriales del mundo, que son de mi propiedad, te abrirán las puertas. Los derechos de autor serán tuyos. Y además te concederé el beneficio de cumplir todos tus deseos eróticos. Mujer que desees, será tuya como la pongas.
Para empezar puedes acceder a Cristálida. Y en mí mismo catre que bien traquea. Yo dormiré en la habitación de huéspedes... que tiene una mirilla... porque yo también tengo mis aberraciones. (Aquí suspendo y sigo escribiendo el libro).

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