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¡Ay! Nada me duele

Septiembre 14, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

He tenido la fortuna de que el cuerpo me ha resistido con fortaleza y paciencia, a pesar de todas las pruebas a las que lo he sometido. No he estado tendido en cama por ninguna enfermedad, y desde la operación de las amígdalas que me hicieron a los 12 años no volví a pasar por el quirófano hasta los 76, 77 y 78 cuando me extirparon una hernia discal producto de un esfuerzo prohibido, el desde siempre inservible apéndice y la bien fogueada próstata, de lo cual quedé mejor que antes, lo que ya es mucho decir.

Cuando comenzó nuestra odisea literaria, despuntando los años 60, considerábamos de mal gusto vestir bien, los buenos modales signo de afeminamiento, la lectura de los clásicos de vejez prematura, la felicidad una entelequia, el trabajo una traición a la inteligencia, admitir la divinidad la peor de las herejías, pero ante todo la salud, y en especial la buena salud mental, eran repudiables. Y cómo no, todos aspirábamos a ser Artaud o Van Gogh, rimbaudes o lautréamones. Había ante todo que “volver monstruosa el alma”, ordenó el primero, y nos hablaba el segundo de “la culpabilidad de un escritor que rueda por la pendiente de la nada y se desprecia a sí mismo con gritos jubilosos”.

“Somos locos, geniales y peligrosos”, exclamamos en pleno delirio. Y aunque los enfermeros de la Policía creían lo primero, no se atrevían a capturarnos porque también creían en lo tercero. Y sospechaban de lo segundo. Estábamos como existencialistas hasta las tetas de las guerras mundiales y como nadaístas de la violencia partidista que había cobrado 300 mil muertos. Posábamos en nuestras mesas derrotistas como desechos humanos apenas soportados por la brillantez del último juicio.
Hasta nos dejábamos contagiar de enfermedades venéreas que nos daban el aire venerable de los santos caídos. Cosa que los médicos anfitriones de mesa se apresuraban a curarnos con Benzetacil Z 7. La bomba atómica gravitaba en el firmamento a la par con el sol y con las estrellas.

Me contaba Barquillo que cuando le preguntó al maestro Fernando González, el Brujo de Envigado, su opinión sobre Mejía Vallejo, uno de nuestros rivales de entonces, éste le había respondido: “Nunca será un buen escritor mientras goce de tan buena saludad”. El joven Manuel era un derroche de salubridad, de la que fue abusando hasta terminar aquejado de males, sobre todo de amor, que son los más malos males.
Que lo hicieron gran escritor, confirmando la sentencia del brujo.

Otros compañeros se dedicaron a la autodestrucción como protesta o más bien como notificación de la inminencia del fin. Y fueron cayendo absorbidos por la vorágine. Corroídos por el hambre, la locura, la desventura. Y con ellos sus obras. De las cuales algo se guarda en depósitos y en archivos particulares. Por si algún día alguien tiene la curiosidad de mostrarlos al mundo sobreviviente. Hablo por ejemplo de la obra del poeta Darío Lemos y del pintor Kat, nuestro aporte de contrabando en el santoral.

Llegué a vivir varios años de adulto sin que se me presentara ninguna señal de dolor, algo así como una ‘nadalgesia’ de origen desconocido, tal vez producto del primer desamor que me secó el sentir. Así como nunca me había dolido una muela, llegó el momento en que ningún golpe de piedra en la frente o martillazo en el índice me vulneraba haciéndome acudir al socorrido ¡ay! del doliente. Ni porque me pegaran una patada en una espinilla, me pusieran un cigarrillo en un brazo o me sentara en una puntilla. Cuando le conté esto a una psiquiatra que pretendía me dijo que me había convertido en un muerto vivo, en un zombie, en un ente. Y si no sentía dolor menos podía sentir placer, ni siquiera sensual, pues dolor y placer provenían de la misma fuente. Le supliqué que hiciera algo por sacarme de ese sepulcro. Le ofrecí mi biblioteca, mi discoteca, mi pinacoteca. Al final accedió a un tratamiento gratis que consistió en las prácticas consabidas del sadomasoquismo, a partir del más tenue, fuetazos en las nalgas desnudas. (Continuará).

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