A caza de brujas

A caza de brujas

Agosto 12, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Nací en San Nicolás. Dos veces. La una en el barrio de Cali. La otra en el espíritu del santo que me acogió cuando andaba sumergido en la hechicería. Desde hace 50 luengos años me lleva de la mano por entre los semáforos, hidrantes y escampavías de las ciudades del mundo que me va abriendo. Y aunque en una que otra tentación de las que me gustan me ha dejado caer, por no decir que las ha propiciado para que no las añore, todo en mí ha andado, si no con virtud, por lo menos con fe en lo que no creía, con esperanza en lo que me espera y con caridad para con los otros.

Antes de mi encuentro con San Nicolás de Tolentino en una mesa de médiums, de la cual salí congraciado con la gracia santificante, tuve relaciones non sanctas con una señora rica y bastante bonita por cierto, que tenía un inconfundible aire de bruja. Porque no hay que dejarse llevar por la idea pintada en Macbeth y otros cuentos de hadas, de que la bruja es una anciana narigona, desdentada y llena de granos. Afirma Michelet, en ‘La bruja’ que “muchas de ellas perecieron en la hoguera precisamente por ser jóvenes y hermosas”. Joven y hermosa era CristaLina, quien se había separado de su industrioso pero aburrido marido para entregarse a un personaje que la tenía viviendo en el churubito, luego de hacerse poseedor de su cuerpo, pero ante todo del alma.

La conocí en La Tertulia, en la conferencia de un monje benedictino italiano sobre exorcismos. Yo estaba sentado junto a ella. Al terminar el monje su exposición, me dijo mirándome con un gesto que parecía una sonrisa: – ¡Pamplinas! –Estoy de acuerdo–, le dije, con un aire de hereje. Así comenzó nuestra conexión. –No acostumbro entablar relaciones con extraños, pero para mí nadie es extraño. Naciste en el barrio San Nicolás y viviste hasta hace poco con esa modelito que te dejó el alma maltrecha–. Me quedé lelo. Ni que fuera bruja, me dije. –No tengo nada más importante que hacer esta tarde. Te invito a mi casa a tomar un drink–. Nunca eludo a una mujer bien puesta ni un bloody-mary bien servido. Y nos dirigimos en su Buick a una mansión cerca de Santa Rita. En la sala vi una impresionante reproducción de Behemoth, la acuarela de William Blake donde en el plano superior está Jehová señalando en el plano medio a Leviatán, que es la versión femenina del mismo monstruo, cantado bellamente en el libro de Job. Así se lo hice ver. –No te las tienes que tirar de culto conmigo, y menos en ciencias ocultas. Leo lo que escribes en la prensa y me complace tu maldad aparente. Te crees muy irreverente porque te burlas del cura del pueblo, pero no veo que hayas alzado la mano contra el supremo, y no me estoy refiriendo al señor presidente. Tienes madera para el mal, para el de verdad, para el que te dará potestad sobre las criaturas del mundo, que en tu caso serán tus lectores y los objetos de tu deseo, te hará lograr los triunfos que buscas con tus grafismos, y hasta si te lo propones podrás nadar en el estiércol del diablo, que es el dinero según los desposeídos primeros padres de la iglesia. –Veo que tú lo has logrado–, le contesté posando la vista a través de los vitrales en su extensa piscina. –¿Quieres bañarte en ella? No está propiamente llena de champán, como podría hacerlo, pero tampoco comulgo con el desperdicio. Puedes sumergirte desnudo, no hay nadie en casa, yo misma barro con mi escoba de fantasía, mejor dicho ella barre sola, y en la cocina la misma estufa se encarga de preparar las viandas que más me gustan–.

De modo que me empeloté porque me asfixiaba un calor, muchos grados más alto que el normal de Cali. –¿No me acompañas? –Te acompaño, pero no vas a comenzar con insinuaciones y tocaditas porque te puede ir muy mal con mi nuevo esposo que es la mar de celoso con quienes todavía no le hacen la venia. –¿Y quién es, acaso es el misterioso doctor Satanás? –, le pregunté en son de broma acordándome de una reciente película de terror que vi en el teatro Colombia. –Tú lo has dicho-. (Continuará).

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