El asunto nacional

Enero 25, 2022 - 11:35 p. m. 2022-01-25 Por: Gustavo Moreno Montalvo

Los países son necesarios para proveer normas adecuadas y juzgar conductas, hacer monopolio efectivo de la fuerza, facilitar la construcción de infraestructura idónea para el desarrollo social y económico, prestar servicios fiscales y monetarios, impulsar la materialización de estrategias regionales para aprovechar ventajas comparativas relativas con el apoyo del libre flujo de bienes y personas, promover el conocimiento y la innovación, y emprender aventuras que involucren a las regiones en tareas de dimensión épica.

De otra parte, deben servir de restricción a las autoridades de ámbito global, hoy inexistentes, pero necesarias para enfrentar los problemas ambientales que comprometen a toda la humanidad e impedir conductas abusivas del capital que procesa datos, vende productos con secretos industriales y comercia armas.

La condición más importante para que los países sean efectivos es lograr diálogo entre diversas culturas, en algunos casos para evitar fracturas innecesarias dentro de los linderos de un país, en otros para prevenir conflictos entre países, y en muchos casos para promover la armonía en una sociedad diversa.

El mundo tiene hoy cinco veces la población que tenía hace un siglo. La proporción de habitantes urbanos es más de la mitad; en 1914, al comenzar la guerra europea, no excedía la cuarta parte. La proporción de población alfabeta es del orden de 85%; a principios del Siglo XX no era muy superior a 10%. Estas bruscas transiciones apuntan a nuevas exigencias para lo público, y obligan a examinar los caminos para ofrecer instituciones, entendidas como conjuntos de procesos públicos, idóneas para retos muy diferentes de los prevalentes en la posguerra.

El mundo se organizó a finales de la década de los 40 del siglo pasado bajo el contexto de la guerra fría entre EE.UU. y la URSS. El esquema establecido no se ajustó a la evolución social del mundo. De hecho, el ordenamiento financiero internacional convenido en Bretton Woods, con la creación del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Acuerdo General sobre Comercio y Tarifas, y las tasas de cambio estables colapsó en los 70, hace ya medio siglo.

Entre tanto, persisten las diferencias económicas entre regiones, países y continentes, y las comunicaciones agudizan la conciencia de contrastes. Hay armas de destrucción total. La tecnología ha transformado el trabajo y el ocio, pero la productividad no ha crecido como debería, ni la ética se ha ajustado a las nuevas realidades.

Las circunstancias obligan a revisar los criterios para ordenar lo público en el mundo, con el fin de evitar riesgos catastróficos para la especie. El punto de partida es convenir nuevos conceptos de país, que permitan capturar economías de escala en el proceso de ejecutar las tareas señaladas, y entender que los linderos de los países pueden no coincidir con los de ámbitos culturales.

Al criterio de respeto, producto del liberalismo occidental, se debe agregar el de solidaridad para atender la realidad. Satisfacer estas dos pautas exige persuasión a los habitantes de cada país, con el apoyo de educación permanente para todos como cimiento de sostenibilidad económica y social necesaria.

El diseño de países eficaces, tarea que exige imaginación y rigor, permitirá articular regiones  y construir el orden mundial necesario para atender de manera efectiva las necesidades y expectativas de hoy.
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