San Andrés

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San Andrés

Agosto 30, 2019 - 11:55 p.m. Por: Gustavo Duncan

En los años 70 San Andrés se convirtió en un destino turístico importante para los colombianos del continente. No solo era una isla con arena blanca, arrecifes coralinos y mares cristalinos, la típica postal del Caribe paradisíaco, sino que Rojas Pinilla lo había declarado como puerto libre. Era ideal para ir de compras.

Eran tiempos de sustitución de importaciones. Las importaciones pagaban aranceles estratosféricos. Muchas cosas eran un lujo que pocos colombianos podían darse. O no tanto, en las ciudades comenzaron a aparecer pequeños San Andrés, sanandresitos, donde a precios de contrabando se podía adquirir electrodomésticos, licores, chocolatinas y demás. Por debajo de la alfombra los colombianos se las arreglaban, así fuera a medias, para conectarse con los mercados del mundo.

Pero San Andrés era otra cosa en términos de precios y de productos disponibles. La isla se integró como nunca antes al país. Sus habitantes, que incluso hablaban una lengua distinta, conocieron y se acercaron a ese acto de fe que es ser colombiano, como los es ser de cualquier nación. Y los colombianos del continente sintieron la isla como algo real y propio.

En los 90 las cosas cambiaron. El modelo proteccionista llegó a su fin y la globalización hizo que la oferta de productos en San Andrés dejará de sorprender a los consumidores colombianos. Hoy en día casi todo lo que se ofrece en la isla, salvo algún whisky de malta ahumado o un perfume muy raro, se puede conseguir a precios similares en cualquier supermercado local.

Cualquiera hubiera presagiado que la isla iba a ir en declive. Pero no fue así. El turismo se reinventó. Muchos empresarios invirtieron y trajeron visitantes de lugares insospechados. San Andrés se convirtió en el Caribe del cono sur. En la playa es difícil caminar unos metros sin escuchar acento argentino.

Ya se rompió la barrera del millón de visitantes al año. Para una isla de poco menos de cien mil habitantes eso significa que anualmente reciben diez veces su población. Puede ser incomodo, pero es muy rentable. En solo impuestos por tasa de ingreso a la isla, el gobierno local recibió $109 mil millones en 2018. En el 2017, el comercio produjo $1,03 billones. Tanto prosperan los negocios que hay una mezquita en la isla. Muchos ciudadanos originarios del medio oriente son propietarios de tiendas.

Por supuesto, los problemas no han faltado. La ecología del archipiélago ha sentido la presión de tanta gente. Sin embargo, las autoridades y la sociedad han sabido sortear la situación de algún modo. No hay un colapso en el ecosistema como ocurrió en Barú, cerca de Cartagena.
De otro lado, hay críticas porque el turismo como negocio no asimila a los nativos. Muchos jóvenes raizales, ante la falta de oportunidades y la exposición de opulencia que reciben de los visitantes, optaron por jugarse la vida en lanchas rápidas llenas de cocaína. La criminalidad, que antes era desconocida, se convirtió en un fenómeno real. A los medios llegaron noticias de atracos, con lesiones personales incluidas.

Pero estos problemas no pueden alimentar una posición híper-conservadora que pretenda desterrar el turismo con el ánimo de llevar a la isla y a sus habitantes a un estado original, incontaminado. Sería un desastre. Una comparación entre República Dominicana y Haití, dos estados que comparten una misma isla, da una idea de lo que podría pasar.

Sigue en Twitter @gusduncan

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