Progresistas

Progresistas

Enero 11, 2019 - 11:55 p.m. Por: Gustavo Duncan

El pasado 6 de enero el expresidente Samper trinó: “La revolución de Cuba es la revolución de la igualdad. Cero analfabetismos; cero desempleos; atención integral de salud; vivienda para todos; educación gratuita; comida para todos”. La afirmación puede simplemente dar risa por el nivel de descaro y cinismo con que alguien como Samper es capaz de defender la revolución de los Castro. De seguro fue una ocurrencia oportuna para quedar bien con la izquierda del continente y facilitar algún nombramiento. O, de pronto, fue que genuinamente lo cree.

Indistintamente de los motivos, el trino de Samper refleja cómo para el grueso de la izquierda y de quienes se consideran progresistas existen dilemas ideológicos que están por encima de cualquier evidencia. De no ser así, Samper no hubiera tenido que lanzarse a la arena pública a defender una revolución que más que un gran fracaso es un gran sacrificio, porque la proyección de Fidel Castro como estadista de talla mundial se hizo a costa de las condiciones materiales y las libertades de los cubanos.

Cualquiera que haya ido a Cuba puede atestiguar no solo que sus habitantes han pasado hambre y que sus casas se están derruyendo sino que no pueden expresarse y mucho menos elegir a sus gobernantes libremente. De hecho, los logros en educación y salud tienen mucho de propaganda. Los datos reales están muy por debajo de las estadísticas que orgullosamente presume el régimen de La Habana.

¿Por qué entonces la izquierda y los progresistas necesitan defender un fracaso tan evidente? ¿Esa es la idea que quieren vender de progreso? El gran problema que tiene la izquierda en Latinoamérica es que no ha sido capaz de revaluar unos dogmas básicos que le impiden ofrecer un proyecto político que garantice una mejoría real de las condiciones de vida de la población y, además, que lo haga sin sacrificar sus libertades. Estos dogmas están relacionados con la premisa marxista contraria a la propiedad privada de los medios de producción.

Cuando Marx escribió su obra, la utopía no se había estrellado contra la realidad. Al día de hoy se ha comprobado que la libertad de mercados es arrolladora en términos de producción de riqueza. Ningún sistema basado en la planeación central está remotamente cerca de competirle. Pero un asunto sigue vigente: la libertad de mercados garantiza producción pero no redistribución. Las desigualdades pueden llegar a ser nocivas para la propia cohesión de la sociedad. En Latinoamérica esta es una realidad más que aparente, es la región más desigual del mundo.
Lo que la izquierda y los progresistas no han sido capaces de hacer es precisamente ofrecer una alternativa política para corregir las desigualdades generadas por los mercados sin afectar la libertad de los mercados que es, en últimas, una condición necesaria para producir riqueza. Les gana la tentación de utilizar el Estado en contra de lo mercados y el resultado, como ha ocurrido en Cuba y Venezuela, es un crecimiento tan desbordado de la pobreza que ya ni siquiera la desigualdad es un problema.

Eso sin mencionar otra tentación en que casi todos los dirigentes progresistas han caído, la de utilizar los recursos del Estado para convertirse en una clase privilegiada. Basta ver el derroche de consumo de los productos del libre mercado que ostentan los enchufados o gente como Samper para darse cuenta de la existencia de esta clase.

Sigue en Twitter @gusduncan

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