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El último circo

Enero 08, 2021 - 11:55 p. m. Por: Gustavo Duncan

Dicen que los Simpson han presagiado el futuro. Vaticinaron, ni más ni menos, que Donald Trump iba a ser presidente de Estados Unidos. Pero lo ocurrido esta semana en el capitolio de Estados Unidos pareciera más un presagio de la serie de South Park: recurrentemente presentaban caricaturas de gringos blancos del medio oeste, en medio del alcohol y el delirio de teorías de la conspiración, amotinándose contra el poder en Washington. Eran gringos iguales a los que las imágenes de CNN mostraron en los salones y oficinas del capitolio con la bandera de los estados confederados, pieles y cuernos de bisontes y emblemas de la asociación nacional del rifle.

Quizá ni el propio Trump imaginó que su incitación al odio y a desconocer los resultados de las últimas elecciones iba a desatar el espectáculo circense que marcaría el final de su mandato. Porque, pese a su poderosa carga simbólica, no se trató en sí de un acto político organizado, ni coordinado con un propósito político predefinido. No fue un golpe, ni un amotinamiento, ni siquiera podría catalogarse como una movilización como tal. Fue principalmente un circo, la expresión del revoltillo de emociones más profundas que incita Trump al hacer política. Solo que no esperaba que le hicieran tanto caso y una manada de pseudo esquizofrénicos se tomaran el capitolio como si fuera un motín de un hospital psiquiátrico.

Pero el hecho que haya sido un acto circense y no una maniobra organizada con un fin político no le resta gravedad a lo sucedido. El mensaje que deja, desde una perspectiva simbólica, es demasiado potente. Un presidente de Estados Unidos, la nación que simboliza el ideal de la civilización democrática, no puede darse el lujo de tratar de manipular sistemáticamente a sus ciudadanos y luego de contemplar lo que desata su discurso decirles sin asomo de vergüenza, ya estuvo bien chicos regresen a casa, perdimos las elecciones.

Luego de los sucesos difícilmente se podrá hablar de la solidez de los valores y las instituciones democráticas de Estados Unidos, así la política en ese país siga de manera corriente luego que Trump desocupe la Casa Blanca. Y es que, aunque la política siga de manera corriente, ya el gran quiebre dentro de la sociedad estadounidense es demasiado evidente para el resto del mundo.

La gran pregunta que inmediatamente surge es si los manifestantes que se tomaron el capitolio hubieran sido negros, la reacción de la policía y las autoridades hubiera sido la misma. ¿Los hubieran dejado pasar sin mayores bastonazos y gases lacrimógenos a los salones de sesión del Congreso y a las oficinas de senadores y representantes? La sensación es que el estándar para tratar la protesta ciudadana tiene un doble rasero que pasa por lo racial.

Pero no es solo un país roto entre blancos y negros. Es un país roto también entre una población que ha sabido adaptarse a los cambios en la economía global y una población, blanca en su mayoría, que estaba acostumbrada a sentirse parte de la clase media que ve cómo su nivel de vida se queda rezagado porque no hay manera de asegurarles trabajos y los salarios competitivos. A eso se suma que los valores de quienes se quedan rezagados, desde la intolerancia religiosa hasta el machismo de los ‘cuello rojos’, tienen menos cabida en el mundo actual.

Ofrecer una salida a estos sectores es el gran desafío de la democracia en Estados Unidos.

Sigue en Twitter @gusduncan

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