Culiacán - Santiago

Escuchar este artículo

Culiacán - Santiago

Octubre 25, 2019 - 11:55 p. m. Por: Gustavo Duncan

Son tiempos convulsos en las sociedades latinoamericanas. De Culiacán, México, a Santiago, Chile, los manifestantes, la mayoría jóvenes, se han volcado a las calles para reclamar a sus gobiernos.

Colombia no ha sido ajena a esta ola. Así algunos políticos y activistas se lamenten que aquí exista una sociedad sumisa y llamen a aprender del ejemplo de los ecuatorianos y chilenos, no se puede subestimar la marcha de los estudiantes por la educación superior. El alcance y muchos de los ingredientes de las protestas estuvieron presentes. El edificio del Icetex estuvo a punto de ser incendiado y Bogotá paralizada por varias horas.

De la ola de protestas dos casos llaman la atención por representar los polos opuestos en cuanto al tipo de movilización, los motivos y las demandas políticas detrás del alzamiento. En Santiago fue un levantamiento que tuvo mucho de espontáneo, sin necesidad de mayor organización. Maduro y Diosdado quisieron reclamar un papel protagónico en su gestación, pero las imágenes muestran más emoción colectiva que dirección política.

El motivo también es confuso. En apariencias fue el incremento en la tarifa del metro lo que llevó a la protesta. Pero se trató de un incremento mínimo, de menos del 4%. El asunto de la tarifa se trató ante todo de una causa simbólica, al estilo de un florero de Llorente que rebosó la copa de la indignación. Estaban comprimidos muchos otros asuntos relacionados con malestares económicos y sociales, y sobre todo emotivos, entre jóvenes de clases medias.

Es curioso que la sensación de malestar ocurra precisamente en el país más exitoso en términos de desempeño económico de América Latina. Chile tiene un PIB per cápita en parámetros de poder adquisitivo constante apenas inferior en un diez por ciento a Portugal y otros países de Europa occidental. El coeficiente de desigualdad se ha reducido en más de un veinte por ciento en las últimas tres décadas. Pareciera que la parte emotiva de la protesta tiene que ver más con una sensación de promesas y expectativas incumplidas que de verdadera pobreza. Tanto así que no existe una organización con la que el Gobierno pueda negociar, mucho menos una agenda política.

Mientras tanto, en el otro polo, Culiacán, la presencia de una organización no dejaba lugar a duda. El cartel de Sinaloa le demostró al Estado mexicano que una operación para capturar uno de sus cabecillas no se podía improvisar. Un ejército de sicarios doblegó al ejército nacional. Se volvió viral un vídeo donde el jefe de un escuadrón del cartel saluda de mano a un grupo de militares que hacían un retén en una de las autopistas de la ciudad. El apretón de manos fue el símbolo de una rendición: si liberan a nuestro capo no los matamos.

Había, al igual que en Santiago, una carga emotiva profunda entre la juventud, en este caso de los jóvenes criminales. Uno se pregunta por qué ese mismo levantamiento no se dio cuando capturaron al Chapo, el padre de los nuevos capos del cartel. Lo que queda de mensaje es que las nuevas generaciones de criminales tienen una emotividad tan intensa como la de los jóvenes antisistema de Chile.

De otro lado, en lo que tampoco se parecen Santiago con Culiacán es en la agenda política. Los jóvenes del cartel saben exactamente lo que quieren pedir al Estado. Que los dejen enriquecerse y mandar en sus territorios. Más modestos, pero más factibles.

Malos presagios.

Sigue en Twitter @gusduncan

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS