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Chile

Octubre 30, 2020 - 11:55 p. m. Por: Gustavo Duncan

Desde la distancia es muy complejo conocer las emociones que mueven a una sociedad. Los cambios políticos vistos desde afuera solo son enteramente comprensibles cuando las acciones de los dirigentes pueden ser analizadas a la luz de lo que pensaban y sentían las personas del común, aquellos a quienes más afecta lo que al final de cuentas resulte de las decisiones políticas que se tomen.

En Chile uno alcanza a ver desde la distancia que la mayor parte de la sociedad estaba hastiada. La ferocidad e intensidad de las movilizaciones mostraban, al menos, que había un sector amplio de la población dispuesto a llegar a los límites de la beligerancia para exigir cambios sustantivos. Con los resultados del referendo por una nueva constitución se demostró que no solo quienes se movilizaron querían los cambios, sino más del 70% de la sociedad. Las emociones tenían un número muy alto.

Uno puede suponer que en gran parte estas emociones provienen de una mezcla entre el desencanto por la repartición desigual del progreso en Chile y por la necesidad de borrar el legado institucional de una dictadura -la constitución que van a cambiar es conocida como la constitución de Pinochet. Lo paradójico es que el desencanto ocurre en el país con el mejor desempeño económico y social de Latinoamérica. Con lo que los chilenos están jugando es con tasas de crecimiento y de reducción de la pobreza impresionantes. Incluso con niveles de desigualdad muy inferiores a los de Colombia.

Más allá de lo que resulte de la nueva constitución de Chile, el caso es sintomático de cómo el desencanto con la democracia liberal y el capitalismo se mezcla con la ausencia de una propuesta de reforma a los modelos políticos y económicos ya existentes o de un proyecto alternativo concreto. Lo que puede leerse y comprenderse más en términos emocionales que en términos de la elaboración de una gran narrativa ideológica.

El desencanto ocurre en una situación donde los niveles de vida, de consumo, de acceso a servicios como educación, salud, energía, agua potable, etc., son los más altos conocidos en la historia de nuestras sociedades, pero a la vez donde las expectativas de las nuevas generaciones, y por consiguiente sus frustraciones, son mayores.

Pareciera haber un temor profundo al rezago, a que un sector de élite concentre privilegios materiales y simbólicos por encima de la gente del común. De allí que el discurso de cambio sea sobre todo una suma bastante dispersa y confusa de activismos. Feminismos, animalistas, vegetarianismos, Lgtb, neocomunistas, por solo mencionar unas pocas manifestaciones, dan cuenta que de lo que se trata es de señalar la injusticia contra un grupo en concreto y construir toda una propuesta de cambio político alrededor de la solución de esa injusticia. Las feministas, por ejemplo, conciben toda una propuesta política para la sociedad basada en la reivindicación de la mujer.

Ciertamente la sociedad actual está llena de desigualdades e injusticias pero su alivio puntual para un grupo no es suficiente para articular una propuesta política coherente para todo un estado y toda una sociedad.
De hecho, se corre el riesgo que por reivindicar sectores con mayor capacidad organizativa y de presión mediática se afecten las condiciones generales de producción de riqueza y alivio de la situación de los más excluidos. Las emociones, a veces, pueden salir muy costosas.

Sigue en Twitter @gusduncan

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