Escuchar este artículo

‘El Diego de la gente’

Noviembre 25, 2020 - 11:45 p. m. Por: Gerardo Quintero

Ilusamente creíamos que era inmortal, que así como se abría camino en el mar de patadas que se le venían encima en las canchas, igual iba a eludir a la vieja parca que caminaba a sus espaldas desde hace varios años. El pequeño pero potente barrilete cósmico que no se doblegaba jugó ayer su último partido y dejó un legado de fútbol maravilloso, más grande que cualquiera de esos problemas personales que lo avasallaron.

Tantas veces lo dijo, que él no era ejemplo de nada ni de nadie. Pero como suele pasar, la gente quiere que esos deportistas les resuelvan sus propias carencias y frustraciones. Maradona hizo poesía con sus botines, la magia de sus piernas construyó regates imposibles. Goles fenomenales como el segundo a los ingleses serán inmortales.

Mi memoria reconstruye ese Mundial del 86, cuando toda mi generación contempló el ascenso del monarca. Yo era el ‘maradoniño’ de mi barrio, por lo que ‘El pelusa’ era como un amigo más de mi familia. Diego estaba presente en cada conversación de esquina, en la forma como llevaba mi pelo, en los calentamientos, en el fortalecimiento de mi pierna izquierda, todo con tal de parecerme al crack, al hombre que había llevado a Argentina a su segundo título mundial. Maradona no tenía términos medios: se le amaba o se le odiaba. Yo estaba entre los primeros.
Rebelde, amigo de Fidel y Chávez, crítico de la Fifa, no se ahorró en sus confrontaciones con Pelé, en la antípoda del ‘Diego de la gente’.

Desde su barriada en Villa Fiorito, Maradona construyó la magia que conocería el mundo. Hizo grande a un equipo desconocido del pobre sur de Italia. Allá se convirtió en ‘dios’ y la iglesia siguió creciendo en la medida que desplegaba su zurda de oro en los estadios del planeta. Por poco lleva a Argentina a su segundo título en 1990 y cuatro años después tuvieron que llamarlo de emergencia, cuasiretirado, para que salvara a una selección que naufragaba después del 5-0 que le propinó Colombia. Pero ya su destino estaba escrito. Y en Estados Unidos le ‘cortaron las piernas’. La persecución estaba lista. El plan era sacarlo del fútbol.

Pero la vida del Diego de la gente estaba en las canchas. Debió morir allí, dirigiendo un partido de Gimnasia, el club que le abrió las puertas, ojalá enfrentando a Boca o Argentinos Juniors, el equipo que lo vio nacer.
Maradona desafió las leyes de la gravedad, le pegaron patadas como a ningún otro y siempre para adelante, ‘entromprando’, sin rendirse, haciendo el gol más difícil, ‘in extremis’.

Recuerdo las largas horas hablando con mi amigo Kike Rojas, ‘maradoniano’ como yo, en las que repasábamos si era mejor el gol contra Inglaterra, los que le hizo a Gatti cuando jugaba con Argentinos, la rabona que se inventó contra Hungría, el tiro libre que colgó en un ángulo imposible con Nápoles o el gol con el que le robó la cartera a los ingleses. En fin, Diego se lleva un pedazo de nosotros y nos recuerda que la vida como el fútbol tiene sus minutos contados. ¡Hasta siempre, Diego!

Sigue en Twitter @Gerardoquinte

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS