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Protesta

Octubre 23, 2020 - 11:50 p. m. Por: Fernando Cepeda Ulloa

El exministro Guillermo Botero debe estar muy satisfecho al comprobar que una propuesta suya al iniciar el ejercicio de su altísima responsabilidad, nada menos que la seguridad y el orden público, está ahora en boca de todo el mundo, pero particularmente de quienes más la criticaron. Increíble. Hoy es una iniciativa inaplazable. Que se hubieran requerido incendios, destrucción de propiedades privadas y muertos para concluir lo obvio, debe inducir varias reflexiones.

La primera, cómo fue posible que algo que se ha hecho en todas las ciudades, grandes y pequeñas del mundo, no ayer sino desde siempre, propiciara un debate tan irracional como el que se dio. Acusaron al Ministro de fascista, autoritario, antidemócrata, enemigo del derecho sagrado de disentir, etc. El Ministro venía de la dirección de Fenalco, gremio que representa los intereses legítimos de grandes y pequeños comerciantes. Seguramente había escuchado a muchos afiliados quejarse por destrucción o afectación, mayor o menor, de la cual eran víctimas, una y otra vez. Víctimas olvidadas. O sea, que su propuesta era producto de una experiencia dolorosa que ha perjudicado, en ocasiones gravemente, a miles de colombianos en el país. En muchos casos, había destruido el patrimonio modesto de familias, logrado con mucho esfuerzo de abuelos, padres, hijos. Y tan fácil volverlo un conjunto de escombros.

A quién se le ocurre que puede levantarse una sociedad civilizada en la cual unos cuantos tienen derecho de destruir el patrimonio de los demás. O de pintorrearlo cuantas veces quieran, así sea un monumento nacional o una catedral. Es volver a la ley de la selva. Al imperio del más fuerte, del más salvaje y violento. La convivencia que es la esencia de cualquier sociedad política, por primitiva o incipiente que sea, brilla por su ausencia. Y, entonces, ¿qué queda? Pues la violencia intrafamiliar, la violencia en el proceso educativo (si está en desacuerdo con el profesor, decapítelo como hizo un islamista en París). ¡Así el asunto va escalando, contamina el vocabulario coloquial y la retórica política, históricamente hasta el vocabulario religioso! Y lo peor no se hace esperar.

Qué difícil es construir civilidad. Buenas maneras en toda situación. En todo escenario. Observemos el gran deterioro de la democracia americana. No es ajeno a la utilización desde lo más alto de calificativos denigrantes, ofensivos, injustos. Se han requerido milenios para obtener sociedades políticas civilizadas, es decir, tolerantes, en las cuales la protesta, el desacuerdo, se expresan con vigor, ironía y hasta sarcasmo pero, jamás con violencia.

Lo que se pactó en el acuerdo final fue el fin definitivo de la violencia como arma de lucha política y el pleno ejercicio de la oposición parlamentaria y la protesta. Un paso fundamental hacia el fortalecimiento de la sociedad política. Gran cosa que, por fin, todos concurran en elaborar regulaciones que garanticen el derecho democrático a la protesta y evitar el abuso de la misma, la absurda idea de que mi derecho a protestar puede pisotear todos los demás derechos: el de trabajar, estudiar, movilizarse, preservar la vida y la integridad, etc.

Estamos viviendo la etapa de maxiconflictividad. Que ella no sea el camino para hacer invivibles las ciudades, las carreteras. Y así, inviable la vida democrática civilizada. La minga demostró que los organizadores sí pueden impedir la acción de los vándalos. En buena hora.

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