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El secuestro

Junio 25, 2021 - 11:50 p. m. 2021-06-25 Por: Fernando Cepeda Ulloa

Creo que no habría sido capaz de escuchar en la Comisión de la Verdad los testimonios de las ciudadanos que sufrieron la tortura permanente del secuestro. Tortura indescriptible para el secuestrado, para sus familiares y amigos y para todo el país.

Imposible imaginar algo peor, similar a los campos de concentración nazis. Cómo seres humanos podrían promover semejante monstruosidad, cómo podrían encontrar satisfacción y celebrar como un éxito semejante conducta ¡menos que inhumana!

Un solo secuestro ya sería más que suficiente para que la humanidad entera mirara con desprecio absoluto a los autores. Y aquí fueron, durante 50 años, 31.021 secuestrados, según el Centro de Memoria histórica y según la JEP las Farc fueron responsables por 21.396 ¡Horror!

Como embajador en Francia tuve que vivir muy de cerca este tema y compartir de cerca, muy de cerca, el drama que experimentó la familia Betancourt. Mi relación con ellos fue del mayor respeto hacia su inconmensurable dolor.

Soy testigo excepcional de los esfuerzos del presidente Uribe para obtener una colaboración eficaz del gobierno francés en la estrategia para liberar a Íngrid Betancourt. El actual ministro de Educación Nacional, JM Blanquer, ayudó mucho desde antes del primer día.
También estuve muy cercano a los sentimientos de las asociaciones que lucharon, sin descanso, por la liberación de Íngrid.

Los exultantes momentos que han acompañado la vida de Íngrid después del secuestro no compensan el infinito dolor de un solo día de secuestro.
Tampoco el de su familia. Mucho menos de seis años. Con frecuencia pregunto por su vida, en Oxford o en donde se encuentre.

Es que creo que el secuestro no termina. Mucho menos uno tan infame como el que Íngrid sufrió. No veo cómo pasar un día o una hora sin que el recuerdo de ese asalto a su libertad y dignidad vuelvan a la mente. ¡No sé qué puede ser más condenable, más horrible, más inaceptable! Mi respeto y admiración hacia ella y su familia no disminuye ni un ápice con el paso del tiempo. Como que cada vez que vuelve a aparecer, en estos días por ejemplo, se acrecienta.

Tengo bastantes reservas sobre la actitud de muchas instituciones frente a lo que significó el secuestro. De allí, mi especial aprecio hacia una persona como Liduine Zumpolle, de Pax Christi, entidad holandesa, que asumió como una causa propia la lucha internacional en contra del secuestro. Ella promovió una campaña que se basó en un pequeño libro, en varios idiomas, que se titulaba: ‘La industria del secuestro en Colombia, ¿un negocio que nos concierne?’, publicado en 2002. Su contenido es original y excelente. En vano traté de que instituciones relevantes expresaran su apoyo a esa campaña. Increíble. ¿Temor? ¿Indiferencia?

Por supuesto, el tema de los extranjeros formaba parte de este libro.
Hablaba de “unas pocas víctimas y de ganancias astronómicas” y de un código de silencio guardado por todos. Y, también, de los seguros que se inventaron a manera de respuesta antisecuestro. Un incentivo.

El libro abre con la frase angustiada de una madre holandesa que clamaba por ayuda para encontrar a su hijo. Al final decía: “Nuestra tristeza es tan profunda que ya no podemos más”

El secuestro: un crimen horrendo, no solo contra la persona secuestrada sino contra la humanidad.

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