Columnistas
Entre miradas generacionales
Aunque cada generación tiene raíces distintas, la verdadera diferencia radica en cómo liberan su propio camino y cambian la mirada frente a sus circunstancias.
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22 de sept de 2026, 01:22 a. m.
Actualizado el 22 de sept de 2026, 01:22 a. m.
¿Será que realmente somos la generación de cristal? Esta pregunta fue la guía de una conversación extensa que tuve hace poco con unos amigos, todos pertenecientes a la Generación Z (1997 - 2012). Empezamos a cuestionarnos si de hecho ciertamente estamos hechos de cristal, y del mismo modo a preguntarnos, ¿qué es lo que más nos diferencia de la generación de nuestros padres y, más allá, de nuestros abuelos? Y de la misma manera, ¿qué es lo que compartimos con ellos? Llegamos a una conclusión: aunque cada generación tiene raíces distintas, la verdadera diferencia radica en cómo liberan su propio camino y cambian la mirada frente a sus circunstancias.
Mirando hacia atrás, veo a mi abuelo, quindiano de nacimiento, quien en su juventud trabajaba en una ferretería. Un día un amigo del trabajo le dijo que su hermana, quien vivía en Estados Unidos, le tenía una oportunidad de trabajo. Y mi abuelo, siendo el hombre astuto y perspicaz que es, dijo “listo, yo me voy para allá, dígale a su hermana”. Creo que esto es lo que más caracteriza a esa generación, la ‘silenciosa’ (1928–1945) y los ‘baby boomers’ (1946–1964), el instinto de supervivencia y la capacidad de adaptarse rápidamente a lo que ‘toca’, aunque no sea cómodo, aunque traiga malestar, y aunque lleve a otro tipo de decisiones difíciles.
A él nadie le entregó su vida en una bandeja. Él construyó la vida que tiene, partiendo de un contexto de posguerra, encontró la manera de buscarse las oportunidades que quería para su futuro: laboral, educativo y familiar. Tanto es así, que terminó siendo veterano de la guerra de Vietnam, para así poder tener acceso a educación y oportunidades.
Ahora, ¿cuál es el caso entonces con nosotros, generación Z? Pues resulta que no es que estemos hechos de cristal, sino que nos hemos criado en un contexto completamente distinto al de las generaciones previas. Un contexto de mayor volatilidad, crisis económicas constantes, desventaja adquisitiva estructural, baja estabilidad y seguridad social, inequidad global, fragmentación en el sistema laboral, altísima competencia global, inflación desbordada, abismo inmobiliario, entre muchos otros factores.
Por otro lado, en Colombia, hemos sido criados por padres que vivieron épocas de violencia muy difíciles. Nuestros padres, por naturaleza, escogieron protegernos y resguardarnos de muchas de las dificultades inherentes de la vida, porque ellos mismos estuvieron expuestos a ellas, atravesando mucho dolor, violencia colectiva, y traumas. El autor, Mark Wolynn, del libro Este dolor no es mío, nos ayuda a entender que los dolores no resueltos de los padres y antepasados se reflejan en los hijos en forma de ansiedad, depresiones, miedos irracionales, reacciones emocionales desproporcionadas, patrones de crianza severos o sobreprotectores y conductas autodestructivas.
De esta manera, es evidente que hemos sido criados bajo un alto nivel de protección ante el mundo y la realidad. Somos una generación altamente ansiosa, precavida, cuidadosa, y emocional, pues en nuestra vida ha prevalecido la comodidad, y seguramente nuestros niveles de tolerancia al malestar y a la incomodidad son bastante menores a los de nuestros padres y abuelos. Pero, ¿será esto sinónimo de ‘estar hechos de cristal’? ¿O simplemente somos producto de nuestra biología y nuestro entorno, y estamos haciendo lo mejor que podemos con las herramientas que nos han dado?
Pienso que cada generación tiene su talón de Aquiles, sea la fragilidad, la represión, el escepticismo, o la inmediatez; somos humanos y fallar o errar siempre será un factor presente en nuestras vidas. Con certeza absoluta reconozco que tenemos mucho que admirar de las anteriores generaciones, y sin duda alguna todavía nos queda muchísimo que aprender.
Recuerdo sentarme a hablar con mi abuela Lula y quedar boquiabierta con sus historias, tomando notas mentales de su astucia y su perseverancia.
¡Que honor y que privilegio poder escuchar y aprender de los que han venido antes que nosotros! Vivir es aprender a mirar atrás, agradecer y crear nuestro propio camino.
Nosotros, generación Z, si somos más vulnerables, sensibles y transparentes; y tal vez no contamos inherentemente con muchas habilidades y características que nuestros padres y abuelos sí tienen. Pero de cierta manera, creo que nosotros estamos aprendiendo a habitar la verdadera esencia que es ser humanos; pues esta generación, con todas las fallas y fragilidades que tenemos a la vez estamos rompiendo sistemáticamente los patrones de nuestros antepasados, para aprender a vivir de la manera más humana y honesta posible.
Se nos llama la ‘generación de cristal’ como si fuéramos sinónimo de debilidad, pero al estar hablando de salud mental, enfrentando crisis globales y rompiendo tabúes, nos vemos obligados a dudar del insulto: ¿y si esa transparencia y vulnerabilidad no es fragilidad, sino la forma más valiente y resiliente de cambiar las reglas del juego?
Antes de categorizar a toda una generación, creo que vale la pena preguntarnos, ¿cuáles son sus raíces? y ¿cómo la biología, el entorno y la crianza influyen en su desarrollo?
Debo decir que esto es lo que yo me pregunto en mi día a día, enseñando a niños de cuatro años. Reflexionar sobre este ámbito generacional me trae muchas preguntas sobre esta generación de niños que llegó a un mundo post-pandémico.
¿Qué características biológicas y contextuales definirán su paso por la infancia? ¿Es una generación que está perdiendo la esencia de la infancia o una que está inventando nuevas formas de habitarla? ¿Cómo transformará esta generación el concepto del éxito, el bienestar, la humanidad, y la socialización en un futuro hipertecnologico?
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