Columnista

El reportero del otro mundo

A Jesús lo mató el sistema: la humanidad que, cuando aparecen verdades que atentan contra el poder establecido, reacciona para proteger sus intereses, su control y su poder.

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Eduardo Hernández Incháustegui, nuevo propietario del diario El País.
Eduardo Hernández Incháustegui, nuevo propietario del diario El País. | Foto: Especial para El País

29 de mar de 2026, 12:40 a. m.

Actualizado el 29 de mar de 2026, 12:40 a. m.

La historia de la Pasión se cuenta sola. Lleva dos mil años haciéndolo. Hay lecturas que solo son posibles desde ciertos lugares, y dirigir un medio de comunicación es uno de ellos. Este año, leyéndola sin adornos y sin capas de dogma, encontré algo que no había visto con tanta claridad: no es, ante todo, una historia religiosa. Es una historia de poder. Y de lo que le ocurre a quienes se atreven a decir la verdad dentro de él.

Jesús nació en la provincia de Judea del Imperio Romano, bajo el gobierno de Herodes. María y José habían viajado a Belén a cumplir con un censo imperial, y allí, sin encontrar donde posarse, terminaron en un pesebre. Se regó la voz de que había nacido un rey, y Herodes reaccionó como reaccionan siempre los poderes amenazados: ordenó la matanza de todos los niños menores de dos años en la región. El sistema intentó silenciarlo antes de que pudiera pronunciar su primera palabra. No pudo.

Treinta y tres años después, ese hombre emprendió su propósito: compartir un mensaje de tolerancia, amor y verdad. Un muchacho que, en términos caleños de hoy, podría haber sido de Agua Blanca. Era un mensaje incómodo. Encontró enemigos firmes en el establecimiento de su época, los fariseos y la cúpula del poder religioso, a quienes les resultaba intolerable que alguien de las periferias del mundo conocido dijera lo que decía. Necesito ser preciso en algo que suele perderse en esta semana: esto no es un tema de los judíos. Es un tema de cómo somos los seres humanos ante las verdades incómodas. En todas las épocas, en todas las geografías y bajo todas las banderas.

Con el paso del tiempo, ese mensaje se enfrentó de manera frontal al establecimiento. El Sanedrín lo llevó ante los romanos exigiendo justicia por sus blasfemias. Poncio Pilato, quien administraba el territorio y no quería un conflicto político que lo volviera ingobernable, intentó disuadirlos. Incluso, en un acto de democracia antigua, sometió el caso a votación. Las masas eligieron a Barrabás. La decisión fue tomada, una decisión puramente política, y enviaron a Jesús al Calvario. He ahí los peligros eternos de la política.

Los judíos no mataron a Jesús. Tampoco los romanos. A Jesús lo mató el sistema: la humanidad que, cuando aparecen verdades que atentan contra el poder establecido, reacciona para proteger sus intereses, su control y su poder. Lo mató la insaciedad de dominación que afecta a los sistemas organizados, sin importar la época ni la geografía. Ese mecanismo no ha cambiado en dos mil años.

La pregunta que me deja esta semana no es fácil de responder, y tampoco es exclusiva del periodismo. Es una pregunta sobre los sistemas y sobre las personas que los habitamos: ¿qué hacemos cuando las verdades incómodas cuestan demasiado? ¿Cuándo el precio de decirlas amenaza la estabilidad que hemos construido? El caso de Jesús sugiere que la respuesta humana, históricamente, ha sido elegir a Barrabás. Y que esa elección raramente se presenta como cobardía. Siempre tiene una justificación razonable.

Jesús fue, en esencia, un reportero de otro mundo. Vino a contarnos las verdades que el poder prefería callar, y el sistema respondió como siempre responde ante los mensajeros incómodos. En esta Semana Santa solo puedo pedir una cosa: que esa valentía para contar las verdades inconvenientes penetre los corazones de cada integrante del equipo de El País, y de todos los medios de comunicación de Colombia y del mundo.

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