Columnista
El elemento disuasorio de las armas nucleares
China dispone hoy de más lanzadores terrestres de misiles balísticos intercontinentales y de alcance intermedio que Estados Unidos.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


18 de feb de 2026, 02:28 a. m.
Actualizado el 18 de feb de 2026, 02:28 a. m.
La semana del 5 de febrero expiró, sin mayor anuncio, el tratado New Start, el último acuerdo vinculante de control de armas nucleares entre Estados Unidos y Rusia. Este hecho es preocupante por varias razones. En primer lugar, porque, como señala Fareed Zakaria en el Washington Post, es la primera vez en más de 50 años que no existe un instrumento legal que limite formalmente el desarrollo de arsenales estratégicos por parte de las dos principales potencias nucleares del mundo.
Aunque algunos esperan que esta situación sea transitoria —dado que se han mencionado posibles negociaciones para un nuevo acuerdo— el contexto actual no es alentador. Cuando New Start fue firmado en 2010, el panorama era distinto: Rusia tenía buena parte de su arsenal envejecido y China mantenía una doctrina de disuasión mínima. Hoy, ese equilibrio ha cambiado de forma sustancial.
En segundo lugar, no solo Rusia ha modernizado sus capacidades nucleares, sino que China ha iniciado una expansión acelerada con el objetivo de aproximarse a la paridad estratégica con Washington. Según Eric Edelman y Franklin Miller en Foreign Affairs, Vladímir Putin ha modernizado aproximadamente el 95 % de sus fuerzas nucleares estratégicas en los últimos quince años y está desarrollando nuevos sistemas intercontinentales que no estaban plenamente contemplados dentro de los límites del New Start.
Además, Moscú ha desplegado una fuerza nuclear regional compuesta por alrededor de 2000 armas nucleares tácticas de corto y mediano alcance, capaces de ser lanzadas desde plataformas terrestres, aéreas y navales. Este desarrollo desmantela en la práctica los compromisos asumidos en las Iniciativas Nucleares Presidenciales de 1991 y 1992, mediante las cuales Estados Unidos y Rusia acordaron reducir significativamente sus arsenales nucleares tácticos. En otras palabras, la arquitectura de control nuclear heredada del final de la Guerra Fría enfrenta ahora un deterioro estructural.
China, por su parte, atraviesa lo que el almirante Charles Richard, excomandante del Comando Estratégico de Estados Unidos, describió como un ‘salto estratégico’. El crecimiento del arsenal nuclear chino no es meramente cuantitativo, sino cualitativo. Pekín no solo moderniza rápidamente sus capacidades, sino que avanza hacia la consolidación de una fuerza nuclear sofisticada con ambición de convertirse en un verdadero par nuclear de Estados Unidos.
China, por su parte, atraviesa lo que el almirante Charles Richard, excomandante del Comando Estratégico de Estados Unidos, describió como un ‘salto estratégico’. El crecimiento del arsenal nuclear chino no es meramente cuantitativo, sino cualitativo. Pekín no solo moderniza rápidamente sus capacidades, sino que avanza hacia la consolidación de una fuerza nuclear sofisticada con ambición de convertirse en un verdadero par nuclear de Estados Unidos.
En 2012, China contaba con aproximadamente 240 ojivas nucleares; para 2023, la cifra se estima en cerca de 500. El Pentágono proyecta que superará las 1000 hacia 2030 y podría alcanzar las 1500 en 2035. Como referencia, Estados Unidos posee actualmente alrededor de 3700 ojivas activas, aunque menos de la mitad se encuentran desplegadas.
Más allá de las cifras absolutas, el cambio cualitativo es aún más relevante. China dispone hoy de más lanzadores terrestres de misiles balísticos intercontinentales y de alcance intermedio que Estados Unidos. Esto no solo amplía su capacidad de disuasión estratégica, sino que fortalece su poder de presión regional en Asia-Pacífico.
Ante este escenario, la administración Biden intentó iniciar conversaciones formales de control de armamentos con Pekín. La respuesta china fue clara: solo estaría dispuesta a negociar cuando su arsenal se aproximara más al de Washington y Moscú. Como señalan Edelman y Miller, para Pekín la transparencia y los mecanismos de verificación no son instrumentos de confianza, sino posibles vulnerabilidades estratégicas.
En tercer lugar, y quizás más preocupante para América Latina, es que, en Brasil, desde el año pasado, se ha empezado a discutir la posibilidad de que el gigante sudamericano construya armas nucleares. Esto se debe, principalmente, a las dudas sobre las garantías de seguridad de Washington y su reciente intervención en Venezuela. Pues, Washington decidió entrar a Caracas a sacar a un dictador ilegítimo, algo que no hizo en Corea del Norte, un país que tiene capacidades nucleares, evidenciando la importancia estratégica y de disuasión que tienen estas capacidades. Estas conversaciones no solo se están dando en Brasil, sino también en Corea del Sur y Japón.
Ahora, aunque Brasil tiene dos reactores nucleares y ha desarrollado submarinos de ataque de propulsión nuclear armados convencionalmente, y está en negociaciones con la Organización Internacional de Energía Atómica sobre salvaguardas relacionadas al combustible nuclear para submarinos, no hay evidencia que indique que el país esté pensando, seriamente, en adquirir capacidades nucleares disuasorias. Sin embargo, como muestra el ejemplo de China y Rusia, esto puede cambiar de manera rápida.
Para concluir, como sostiene John J. Mearsheimer en The Tragedy of Great Power Politics, en un sistema internacional anárquico —donde no existe una autoridad supranacional que imponga orden— los Estados buscan maximizar su poder relativo para garantizar su supervivencia. En un mundo crecientemente multipolar, donde ninguna potencia impone reglas claras, esta lógica se intensifica.
La ausencia de acuerdos vinculantes que limiten los arsenales nucleares, sumada al auge de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial aplicada a sistemas militares, introduce una vulnerabilidad existencial. La automatización de decisiones estratégicas y la integración de IA en sistemas de mando y control nuclear podrían reducir los tiempos de respuesta y aumentar el riesgo de errores catastróficos.
Por este motivo, es imperativo reconstruir un consenso internacional sobre límites al armamento nuclear, al igual que establecer reglas claras para el uso militar de la inteligencia artificial. De lo contrario, la lógica de la disuasión podría transformarse en una dinámica de proliferación creciente, no solo en las grandes potencias, sino eventualmente en regiones hasta ahora relativamente estables como América Latina. La historia demuestra que la disuasión puede preservar la paz, pero también que la ausencia de reglas claras puede convertir la competencia estratégica en una espiral peligrosa.

Internacionalista de la Universidad Javeriana, magíster en Estudios Latinoamericanos de la University of Oxford y magíster en Economía Política Internacional del London School of Economics, donde se graduó con Mérito. Analista de política internacional y geopolítica.
6024455000





