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Se atisba un cambio

Noviembre 10, 2019 - 11:55 p. m. Por: Claudia Blum

La agitación que vive Latinoamérica con masivas manifestaciones y electores ansiosos por respaldar cambios políticos muestra una juventud más participativa, descontenta frente a la inequidad, la corrupción y la depredación ambiental y comprometida con la democracia. Son tendencias explicables en una región que, según la Cepal, tiene el ingreso más dispar del mundo, incluso por encima del África Subsahariana, y en la que están 12 de los 15 países más desiguales del planeta. Una región que comparte con África los peores índices de corrupción, medidos por Transparencia Internacional. En la que subsisten regímenes autoritarios como los de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Y que padece destrucción preocupante de sus ricos recursos naturales.

Esa inconformidad también se reflejó en las elecciones del 27 de octubre en Colombia en las que, más que un giro ideológico determinado o un rechazo a la polarización, se dio una expresión ciudadana de descontento. En distintas ciudades y municipios triunfaron candidatos que hablaron de transformar las políticas perversas y clientelistas que hoy existen, incluyendo en sus discursos propuestas de equidad, protección ecológica y búsqueda de una convivencia más armónica e incluyente.

En ese contexto de insatisfacción y demandas por un cambio, se eligieron líderes que han devuelto la esperanza en algunos lugares. Pero es claro que en otros, los ganadores no cumplen con los perfiles y expectativas de la gente. Hubo candidatos locales que se apropiaron de temas cautivantes que ellos ni practican y menos sienten. Con promesas de transparencia o de inversión social que aparecieron como por arte de birlibirloque en sus discursos populistas, se hicieron elegir o reelegir por coaliciones de partidos tradicionales con aceitadas maquinarias y buscaron los votos para asegurar la continuidad de sus prácticas de utilizar recursos institucionales para intercambio o la promesa de este, en beneficio propio.

Ante esa realidad, las lecciones son varias. Los atisbos de cambio que vivimos podrían indicar que comienza a aparecer una cultura política nueva, con jóvenes que actúan con visión más crítica, más racional, que quieren elegir gente comprometida con el servicio público. Pero subsisten al mismo tiempo partidos políticos que siguen actuando como empresas electorales heterogéneas, sin ideología, que sobreviven por las relaciones de favores y clientelas políticas y hasta por la compra de votos.

Quisiera pensar que los avances en educación están comenzando a formar la cultura política que se requiere para que aparezcan más y nuevos ciudadanos descontaminados, dispuestos a dar la batalla para acabar, como candidatos o como electores, con las malas prácticas que nos han sumido en situaciones deplorables. Cultura esencial para que exista también un control ciudadano más eficaz sobre los elegidos, se les exijan resultados y se haga difícil el juego a quienes hayan llegado con agendas ocultas.

Para evitar que las maquinarias de la política tradicional y el populismo que nos rondan frustren el anhelo de participación y cambio de las nuevas generaciones, como ocurrió en otros lugares o en momentos históricos de movilización juvenil, tal vez nunca como ahora se hace más urgente seguir impulsando esa conciencia cívica que aunque lenta, es la única salida que tenemos para fortalecer la democracia y para que los individuos puedan participar con autonomía en el sistema político.

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