¿Dónde están los valores?

¿Dónde están los valores?

Junio 09, 2019 - 11:55 p.m. Por: Claudia Blum

Hoy vivimos en sociedades que ven perder o transformar sus valores. En tiempos en que la conversación es reemplazada por la tecnología, los códigos cívicos y éticos se transforman. Gradualmente, el valor de la familia va en picada, debilitando lazos esenciales de la vida en sociedad. En otros contextos, nos inquieta que la previsión y el análisis crítico se pierdan en el mundo de lo inmediato y lo banal. Igualmente resulta angustiante observar cómo el valor de la justicia se va extinguiendo, y cómo nos acostumbramos a aceptar la impunidad, con todo el riesgo que esto tiene para la convivencia y la democracia.

Cuando las decisiones emitidas por las Altas Cortes en el caso de alias Jesús Santrich son recibidas en silencio, sin crítica social, o cuando se asume el crecimiento del narcotráfico y de los cultivos ilícitos como otra noticia intrascendente, es inevitable preguntarnos cuáles son los principios que se imponen actualmente en nuestra sociedad. Cuando, además, vemos que uno y otro tema están conectados con los acuerdos de La Habana, no se puede dejar de concluir que la implementación de esos pactos está deteriorando aún más los valores que nos quedan como grupo humano.

La comunidad debería estar conmovida porque a ‘Santrich’, denunciado por incurrir en narcotráfico después de los acuerdos, se le premie con una curul y con un ‘derecho’ al fuero institucional a pesar de no haberse posesionado y tener ya un remplazo actuando en la Cámara. Pero en cambio, con la laxitud de algunos medios que lo victimizaron, muchos lo han elevado a protagonista y vencedor después del fallo.

Hoy, la gente siente que el fuero salvó a ‘Santrich’ y parece que el país olvidó el prontuario del exguerrillero. Poco a poco se deja de hablar de su proceso por narcotráfico y concierto para delinquir, y se minimiza la responsabilidad que le debe caber como integrante del Estado Mayor de las Farc en miles de casos de crímenes de guerra y de lesa humanidad, incluidos secuestros, desapariciones, reclutamiento de niños y actos de terrorismo, o en magnicidios como el de la ministra Consuelo Araújo.
Menos aún se habla de la reparación a sus víctimas, a las que desairó en público. Qué pésima señal para las generaciones jóvenes que crecen viendo cómo se premia el delito.

Tampoco parecen importar el desbordado crecimiento de los cultivos ilícitos y de la producción de cocaína entre 2012 y 2018. Mientras la inseguridad y el miedo crecen a la par con el narcotráfico, en virtud de la laxitud generada en los años de los diálogos y por las concesiones de La Habana, pocos cuestionan los fallos que impiden la erradicación masiva de cultivos ilícitos o los que debilitan el uso de la extradición como herramienta vital para enfrentar un crimen transnacional.

Es cierto que en un mundo en constante evolución los valores cambian. No obstante estar convencida que el ser humano necesita amplitud y libertad para ejercer derechos y construir destinos, creo que para el desarrollo personal y la coexistencia son necesarios la moderación, los límites y unos mínimos éticos. Las Altas Cortes deben reflexionar sobre su influencia vital en la construcción de valores sociales y deben examinar el curso que están tomando sus decisiones. Sus fallos son mensajes sociales en los que no debe caber noción de tolerancia frente al delito. Porque el desarrollo, la seguridad jurídica y la paz requieren de una justicia genuina y no aparente.

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