Desastres climáticos: una prioridad

Julio 30, 2022 - 11:30 p. m. 2022-07-30 Por: Claudia Blum

En el pasado las noticias sobre víctimas de inundaciones, huracanes, derrumbes, sequías o incendios eran más recurrentes en países tropicales y de menor ingreso. Sin embargo, cuando la volatilidad del clima afecta a todos los hemisferios, las cosas cambian. En junio y julio, olas de calor con temperaturas entre 40 y 47 °C provocaron incendios forestales, evacuaciones y muertes en Francia, Reino Unido, Portugal, España y Grecia. Esta semana, más de 110 millones de estadounidenses están en alerta roja por una ola de calor en su país. Con desastres que ya no distinguen entre naciones pobres o desarrolladas, la vulnerabilidad ante los fenómenos climáticos extremos es otro reto común que enfrenta hoy el mundo.

Es una realidad crítica para Colombia. Muchos recordamos el fenómeno del Niño que en 1992 causó graves sequías y el desplome de nuestro sistema energético; o el fenómeno de La Niña en 2010-2011, una de las peores catástrofes en nuestra historia con inundaciones, pérdidas económicas y más de 2,8 millones de damnificados; y los huracanes Iota y Eta que en 2020 impactaron San Andrés y Providencia. Hoy vivimos una temporada invernal más intensa de lo normal con desbordamientos de ríos y deslizamientos que han sepultado a niños y adultos en lugares de alto riesgo. Somos un país vulnerable a fenómenos climáticos, con efectos que se agravan por la desigualdad, la pobreza, el crecimiento poblacional, el inadecuado ordenamiento territorial y el uso insostenible de los recursos naturales.

Ante esta realidad, es inaplazable que el país dedique voluntad y recursos a la prevención y respuesta ante desastres, como parte de nuestra estrategia de adaptación realista ante el inevitable cambio climático. No se trata de debilitar el debate sobre cómo ayudar a mitigar ese fenómeno, y todo lo que hagamos por nuestro medio ambiente es bienvenido. Sin embargo, lo cierto es que Colombia genera apenas el 0,6% de los gases de efecto invernadero, y nuestro aporte en reducción de emisiones no frenará una tendencia global ineludible mientras el resto del mundo siga usando combustibles fósiles como fuente de energía, y ante la evidencia de los ciclos climáticos presentes a lo largo de la historia del Planeta.

De todas formas, como anotan organismos internacionales, los desastres climáticos extremos serán más frecuentes y frente a ellos, nuestra capacidad de adaptación y prevención es un asunto que sí depende de nosotros mismos.

El Estado debe anticiparse y garantizar que con planeación urbana y rural no existan asentamientos humanos en zonas de alto riesgo; que tengamos sistemas de alertas y refugio; diagnósticos de riesgos y articulación de información; infraestructura adecuada a una geografía vulnerable; redes de asistencia y recuperación que se activen sin demora y con eficacia si ocurren los desastres; recursos financieros previsivos, nacionales y de cooperación internacional. Sobre todo, debe haber comunicación continua acerca de las medidas de preparación y respuesta que cada ciudadano debe aplicar.

La visión preventiva, con la participación de sectores públicos, privados y comunitarios es vital, y debe ser una de las prioridades del Gobierno que se inicia y de los que sigan. La preparación ante los desastres climáticos debe pasar de la teoría a la práctica. No podemos esperar que ocurra una nueva tragedia para reaccionar y tomar en serio una realidad insalvable, ante la que el resto del mundo actúa con cada vez mayor decisión y conciencia.

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