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Vanesa, la revoltosa

Junio 03, 2021 - 11:45 p. m. 2021-06-03 Por: Angela Cuevas de Dolmetsch

Eran los años 60. Vanesa salió a las calles con miles de estudiantes que querían cambiar el mundo. Estaban preparados a arriesgarlo todo, ir a recoger papas a fincas colectivas en Checoslovaquia, desafiar el régimen dictatorial de Franco en España llevando propaganda comunista dentro del vacío de los termos de té, y libros de Lenin y Marx envueltos en papel de regalo para entregarlos en las iglesias de Barcelona a un padre confesor. Vanesa le escribía cartas a su familia regañándolos por explotar al proletariado.

Ya más madura pensó que no era necesaria la revolución, sino que podía cambiar a su país, de pronto incursionar en la política con un partido de mujeres al cual se le abrió el paso con la Constituyente. ¡Ay que locura quijotesca! Hizo pacto de gobernabilidad con Rosemberg Pabón del M19, que acababa de firmar la paz con el gobierno de Virgilio Barco, y se montó con él en un globo para recorrer el Valle. Con furia santa, su familia la repudió, ¿como así que Vanesa se metía con el Comandante Uno, el del secuestro de los embajadores?

Vanesa no salió elegida, pero había acogido a unas mujeres que le ayudaron en la campaña. ¿Qué hacer para que no pasaran hambre? Pues lo único que pesa más cuando está vacío es el estómago. Todo parecía imposible. Pronto se dio cuenta que las elecciones no eran asunto de votos y que era abordar al Registrador como se lo había sugerido Pepita Rodríguez, mientras sus votos se desvanecían en los tableros electrónicos. Cual no sería su sorpresa cuando este le dijo sin mas preámbulos: “No te está yendo bien Vanesa, si quieres hablamos mañana, pero comprométete, son 5.000 pesos por voto”. Aterrada, con el rostro lleno de lágrimas tomó la decisión de su vida así no iba a cambiar al mundo.

¡Que reto tan grande! ¿Cómo ayudar a esas mujeres que habían aprendido a hacer papel y semanas tras semana hacían cola para que la Asociación se las comprara? Ellas se habían vuelto sus amigas y empezaron a compartir sus tristezas. Vivían en casas de inquilinato con 70 personas y un solo baño, en vecindarios con droga, adictos y pandillas donde a diario había que recoger los muertos. Son los mismos vecindarios de los muchachos de la primera línea, Cali no ha cambiado.
Vanesa tomó una decisión salomónica, había que sacarlas de ese entorno malsano, pero ¿cómo hacerlo? El Gobierno pedía ahorro programado y en esa pobreza absoluta nunca lo iban a tener. Sacó sus ahorros y compró una finca de 30.000 metros y allí construyeron Nashira, la tierra prometida, un condominio con calidad de vida para 88 mujeres y sus hijos, la cual ‘amadrinó’ por el resto de su vida. No hay embarazo en adolescentes, sus hijos sueñan y sus sueños se vuelven realidad. Tienen seguridad alimentaria y es un modelo de desarrollo sostenible. ¿Será que ante la crisis surgen más Vanesas para ayudar a las familias de los que están en las calles protestando?
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