Habitante de la calle

Habitante de la calle

Octubre 25, 2018 - 11:45 p.m. Por: Angela Cuevas de Dolmetsch

Soy John Edward, habitante de la calle, era un papel arrugado con impecable escritura dejado en mi camino, era un mensaje que algún día me llegaría, era el recuerdo de ese muchachito que a la edad de 11 años se subió conmigo en un globo en el distrito de Agua Blanca en medio de la campaña política de Mujeres por la Democracia. Tenía todas las capacidades de liderazgo, era brillante pero tenía la mirada del hombre trajinado que a veces poseen aquellos niños que les ha tocado ver violencia y sexo desde muy temprana edad. John vivía en ese entonces con su abuela, no sabía qué semen lo había engendrado y su madre se había ido a vivir a Venezuela.

Era carismático y se ganó el cariño de las mujeres de la Asociación, quienes muy pronto asumieron con la ética del cuidado el futuro de John. Lo ayudamos a que fuera bachiller. Estudió Contabilidad y empezó a desempeñarse como asistente de una de las mujeres de Asomucaf.

Era diciembre y John se enfrascó en una pelea. Ese día estaba irreconocible. Ya no era el joven jovial, amable y colaborador, se había convertido en un monstruo agresivo que amenazaba a todo el mundo con un cuchillo. Logramos pacificarlo y nos contó que consumía ‘roche’ nadie sabía qué era ni cómo lo conseguía, pero los efectos eran terribles.
Empezó a desorganizarse y a dejar los trabajos tirados, quisimos que saliera de su entorno, él alegaba que no podía abandonar a su abuela. Un día dejó de venir.

Algunos años más tarde volvió a la Asociación, nos dijo que se había casado y que tenía una niña, fue una grata sorpresa. Su esposa, una mujer de armas tomar, lo había rescatado de la droga, parecía feliz. La historia no termina allí, algún tiempo después su hermana vino a buscar ayuda, John se había separado y estaba nuevamente dedicado al vicio. Recordé las palabras de una reconocida escritora: “Existe el gen de la drogadicción y el que lo tiene no la debe probar jamás, ahora no soy drogadicta pero no puedo jurar que no reincidiré”. Creímos que había tocado fondo y lo llevamos a un sitio de rehabilitación en las afueras de Cali, una finca con árboles frutales, donde se respiraba el aire puro, hasta que John decidió abandonarlo, no estaba rehabilitado era la llamada del vicio.

No lo volví a ver hasta que apareció la nota, sentí rabia y dolor en el alma, ¿por qué terminó así? Busqué a su hija, tiene la inteligencia de John, ha ganado todas las becas, entró a la universidad con el programa Ser Pilo Paga y hoy está a punto de graduarse y solo pude balbucearle con lágrimas en los ojos: “No toques nunca substancia alguna que te pueda volver adicta”.

Epílogo: Me dice Darío Bonilla del centro de rehabilitación para drogadictos que nunca es tarde y que si aún escribe todavía puede enderezar su vida como lo han hecho muchos que han pasado por ahí, ¿querrá John rehabilitarse?

Sigue en Twitter @Atadol

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